Tercer aniversario de Hache de Silencio
Celebrando este día especial con preguntas y respuestas
Hoy 7 de mayo se cumplen tres años desde la creación de este blog y, aunque no soy de celebraciones, quise hacer algo especial esta vez para que la fecha no pasara desapercibida, ya que le tengo mucho cariño a este proyecto. Para esto, les he pedido a algunos colegas del mundo literario que me formulen unas cuantas preguntas que responderé en el presente artículo. Espero que sirva para que conozcan un poco más del que está detrás de Hache de Silencio y —¿por qué no?— para continuar la conversación en la sección de comentarios.
Sin más, ¡que disfruten de la lectura!
Tu obra abarca la prosa poética, narrativa y textos introspectivos. ¿Qué te ofrece cada género que no encuentras en los otros?
La prosa poética me aporta una mayor intensidad expresiva, permitiéndome narrar o reflexionar con un lenguaje cargado de imágenes, ritmo y emoción, sin estar atado a la métrica o la rima. Me gusta porque une la libertad de la prosa con recursos propios de la poesía, como la condensación, la musicalidad y la metáfora. La prosa poética ayuda a que una escena, un recuerdo o una emoción no se limiten a explicarse, sino que se sientan, y esto es algo que aprendí con Zafón. Me resulta útil cuando quiero que el texto tenga densidad lírica y, al mismo tiempo, avance como párrafo o bloque narrativo. Es curioso porque muchos confunden la prosa poética con el uso excesivo de adjetivos u ornamentación, cuando no es así. Requiere de técnica, equilibrio y un oído fino para evitar saturaciones y que la lectura se sienta fluida.
La narrativa, por su parte, me permitió desarrollar mucho la empatía. El primer libro que adoré con el alma fue El Juego del Ángel, de Zafón. Fue un libro que tomó mi corazón, lo rompió en mil pedazos y me devolvió los trozos, y aun así tuve la valentía o el descaro de sentirme afortunado por aquella experiencia. Ese libro me enseñó lo mucho que se puede transmitir cuando una historia está bien escrita, y que, más importante que tener algo que contar, es hacerlo bien. Así que he tomado esa vocación de narrar historias para provocar, en los demás, al menos la milésima parte de lo que yo sentí al leer a Zafón.
En cuanto a los textos introspectivos, debo mencionar primero a los ensayos personales, que son textos introspectivos de mediana o gran extensión, y que recién cuando entré a Substack comencé a escribir con mayor dedicación. Aquí ese tipo de escritura abunda y me ha deslumbrado, porque hay grandes escritores que la dominan y que, francamente, escriben de forma admirable. Entrar a Substack me ha aportado eso: aspirar a salir de mi zona de confort y escribir algo más elaborado, probar con nuevas expresiones, variar un poco mi estilo. Pero se me sigue haciendo un poco difícil porque durante muchos años estuve escribiendo prosa poética sin ir más allá. Lo que sí he escrito en más cantidad son los textos introspectivos breves, a modo de fragmentos. Observaciones, reflexiones que, influenciado por Julio Ramón Ribeyro, comencé a escribir desde el año 2017 tras leer su libro Prosas apátridas y, posteriormente, La tentación del fracaso. Librazos que, por cierto, recomiendo mucho. Los textos introspectivos me permiten estudiarme, conocerme, explicar mi propio caos para luego darle un orden, dentro de lo posible, lógico y coherente que explique por qué pienso así, de dónde vienen mis ideas, mi forma de actuar, qué es lo que quiero realmente, por qué veo las cosas de un modo y no de otro. Es un divertimento, además. Creo que la escritura introspectiva es algo que deberíamos practicar todos. Diría que se parece a meditar.
¿Hay algún poema o prosa tuya que hayas publicado casi a escondidas, sin mucha expectativa, y que luego te haya sorprendido por cómo resonó en tus lectores, o al revés: uno en el que pusiste el alma y el silencio fue la única respuesta?
Me pasó cuando publiqué un texto que se titula Guerras donde yo siempre pierdo, en mi blog de Blogger. Fue algo muy personal que no esperaba que fuera leído, ni mucho menos comprendido, por tantas personas que luego me escribieron para manifestarme que ese texto les había llegado al alma. Eso me animó a incluirlo en mi libro Tormenta de Pensamientos. Por otro lado, en mis intentos de mostrar mi faceta de narrador, publiqué La rosa negra el año 20171, un relato en el que había puesto mis ganas y que, tal vez porque mis lectores no estaban acostumbrados a leer narrativa por mi parte, pasó completamente desapercibido en sus primeros días. Yo, que por entonces era algo melodramático, tomé eso como una señal de que debía concentrarme en escribir poesía y dejar la narrativa para otro día, otro año, otra vida.
Si tu escritura poética fuera un lugar físico —no una metáfora bonita, sino un lugar concreto que existe o existió en tu vida—, ¿cuál sería?
El muelle de Pimentel, una playa de mi ciudad. Es mi lugar favorito, y en el que mayor tiempo he pasado a solas. De vez en cuando voy ahí solamente a dormitar un rato en una de las bancas que flanquean los bordes del muelle. Me relaja descansar sintiendo la brisa y el sonido del mar. Voy siempre al atardecer porque no me gusta sentir el sol del mediodía.
¿En qué momento la poesía dejó de ser algo que hacías y se convirtió en algo que respiras, o aún estás descubriendo esa frontera?
Siempre he sido muy sentimental, ahora que lo pienso. Fue a mis quince años cuando me encontré con el poder de la poesía. No la encontré en libros o en los blogs de mis escritores favoritos, sino en las canciones de rap que escuchaba por entonces. Porta, Santaflow y, posteriormente, Soge, Dante y, aún ahora, Brock Ansiolítiko. Me di cuenta de que la poesía se encontraba en sentimientos tan profundos como el amor, la esperanza, las ganas de seguir luchando, pero también en la tristeza, la depresión, la soledad. Supe que se podía crear cosas bellas con el dolor, con la angustia, con la desazón de la misma existencia. Aun hoy procuro ver belleza en lo que me rodea, en lo que yo mismo guardo: en mis cicatrices, en mis defectos, en mis dudas, en mis fracasos. La poesía me ayudó a equilibrar la visión pragmática que tenía de la vida, y aprendí a valorar las cosas simples, hallando paz en la contemplación, en el reposo sin culpa, en los pasatiempos que llenan el alma más que los bolsillos. En todo eso hay poesía.
Llevas años explorando sentimientos profundos a través de la poesía, los relatos breves y las cartas, pero ahora te diriges hacia tu primera novela. ¿Qué es lo que más te aterra o te emociona de dejar atrás la brevedad del poema para sumergirte en un mundo donde el vacío y el invierno ahora tienen que sostenerse a lo largo de cientos de páginas?
Ese es el reto más grande de escribir una novela para alguien acostumbrado a escribir poemas. En las novelas breves que he publicado2 exploro distintas emociones, pero hasta ahora nunca me he extendido tanto. La brevedad tiene su encanto porque te permite cerrar una idea sin tantas vueltas, terminar una historia con pocas palabras. En la novela, las emociones y los sentimientos han de confluir de tal modo que no entorpezcan la trama ni la fluidez. Deben aportar más que decorar. Me emociona tener la oportunidad de explorar las distintas posibilidades para crear una historia apasionante, que perdure en el alma de quien la lea; me aterra no poder hacerlo bien.
¿Algún libro tuyo relacionado con algún amor?
Prácticamente todos. Y digo prácticamente porque el que se escapa de aquella condición es Oscuro Silencio. Conocí a alguien el año 2015 que marcó mi vida y mi carrera, y todos los libros que he publicado desde entonces hablan de ella. Pero, a modo de señal contundente, debo comentar que la primera versión de mi libro Ruinas Internas tenía una dedicatoria con el nombre y apellido de ese alguien. Eliminé esa dedicatoria para la edición actual, pero aún se la puede percibir entre mis textos, especialmente los dedicados a mi Querida Nadie, y los que se encuentran en mi libro La ciudad de los recuerdos.
¿Has publicado alguna historia biográfica, o una de ficción que te gustaría que fuera real?
He publicado varios textos que están 100 % basados en mi experiencia de vida. Si bien son varios, son también pocos en comparación con los que contienen ficción. Uno de mis favoritos es Sobre mí y sobre nadie, y otro, más reciente, es Aquel verano hermoso. Por el contrario, un texto que es ficción pero que me hubiera gustado que sea real, es Mallorca eres tú. No conozco ni la isla ni mucho menos sé nadar. En ese relato me permití encarnar a un personaje que disfruta de ambas cosas.
¿Qué esperas que los lectores se queden de tus libros?
La esperanza que tenía en el amor, en las relaciones, en que, a pesar de todo, siempre hay un final feliz para los que aman de corazón. Son cosas en las que he dejado de creer, pero que me gustaría que quienes me leen no pierdan del todo.
A los 15 años comenzaste con un blog llamado Tormenta de Pensamientos y ahora nos hablas de La ciudad de los recuerdos. Si consideramos que muchos de tus lectores sienten que tus letras son un refugio para sus propias tristezas, en lo personal, ¿escribir para ti sigue siendo ese paraguas para protegerte de la tormenta interna, o se ha convertido más bien en un mapa para no perderte dentro de tus propios recuerdos?
Ambos. La escritura intimista ahora es más privada, y la mayoría de mis confesiones, de mis anhelos, las reservo para mi diario. Pero la escritura sigue siendo un refugio. No tanto como un paraguas para protegerme de la tormenta, sino como un impermeable que me permite habitarla, sin dejarme empapar por ella. Ya no huyo al dolor emocional, ni me dejo derrumbar por él, ahora lo miro con curiosidad y respeto, para estudiarlo, conocerlo y, en última instancia, dotarlo de belleza. Por eso también escribo. Y, por supuesto, cada cosa que escribo se convierte en la pieza de un mapa que me permite ir de un recuerdo a otro sin perderme. Esa metáfora, la de una ciudad hecha de recuerdos, es justamente el concepto que usé para mi libro. Recuerdo que antes leía mis textos anteriores y sentía mucha tristeza porque me ponía a pensar en las circunstancias que me llevaron a escribir todo eso, y solía romperme. Hoy no. Y en lugar de pensar que me he vuelto menos sensible, creo que ahora sobrellevo mejor mis memorias, y la nostalgia ya no me visita para hacerme llorar, sino para conversar conmigo, aleccionarme, y permitirme avanzar aligerando el peso de los recuerdos. Estoy convencido de que ese es el gesto más amable que puede tener el tiempo con nosotros: hacer que las cicatrices ya no duelan como cuando estaban abiertas.
¿La persona más cercana a la de tus sueños?
Yo mismo sin mi tendencia al autosabotaje.
Como escritor, ¿de qué manera se logra aceptar la incertidumbre del oficio? ¿Cómo lo has manejado durante tu carrera?
Creo que, si en algo coincidirían todos los escritores que admiro, es que el escritor de verdad necesita escribir, sean cuales fueren sus circunstancias. Hay una gran diferencia entre escribir como pasatiempo y escribir porque lo necesitas, porque te resulta vital, porque no puedes tolerar que pase un solo día sin haber escrito algo. En ese sentido, la escritura es un estilo de vida, pero llevar la escritura como oficio está a otro nivel.
La incertidumbre más grande que existe en el oficio es la remuneración. Generalmente, un escritor de oficio es alguien que no gana dinero por escribir. Los escritores tenemos trabajos alternos que nos permiten subsistir al día a día. Yo, por ejemplo, me dedico también al rubro del comercio y el agro; y en el campo de la literatura, a la edición de libros. Es un equilibrio que hay que lograr. Una ocupación te da de comer, mientras que la otra te llena el alma.
Hasta hace poco pensaba que esto era algo que nos pasaba sólo a los escritores que no somos tan conocidos, pero ocurre incluso con los que venden decenas de miles de ejemplares. Sé de escritores que, pese a haber ganado premios y lograr que sus obras sean adaptadas al cine, no abandonan sus anteriores trabajos en fábricas u oficinas, y siguen escribiendo en sus ratos libres. La razón es simple: escribir no te da de comer, no paga tus cuentas, por mucho que duela. Sobrellevar eso es complicado, pero posible. Ser escritor es un acto de amor incondicional a la literatura. El único amor por el que, pese a las desventuras, vale la pena arriesgarse hasta las últimas consecuencias.
Dejo esta nota como complemento a lo que acabo de decir:
En tu proceso de escritura de seguro has conseguido cosas insólitas o maravillosas que han podido ser el germen de una estupenda historia. ¿Cómo logras filtrar las ideas para convertirlas en narrativas con imágenes, con intención y sobre todo con un mensaje genuino?
Normalmente mis textos surgen de una frase, de una idea, pero es normal que, en el desarrollo de una, al final termine por escribir otra, como me pasó con este ensayo, en el que quería hablar de mis sueños vívidos y terminé por hablar acerca de mis logros personales. En cuanto a los relatos, hay unos cuantos que se han convertido en mis favoritos. A veces nacen de un diálogo, como este, y otras veces de una idealización, como este otro. Creo que lo que me permite culminar un texto —que es mucho más importante que comenzarlo— es tener una idea clara de qué es lo que quiero transmitir, contar con un norte, y no desviarme.
Muchas veces, en medio de la redacción, existe la tentación de incluir otras ideas, reflexiones o escenas que podrían resultar más un lastre que un aporte. Zafón contaba una vez, con respecto a este tema, que lo que hacía él era simplemente destruir los fragmentos que escribía y que sentía que estaban sobrando en su historia, para no tener la tentación de retomarlos luego. Yo, que soy incapaz de desprenderme incluso de mis peores textos, simplemente retiro los fragmentos del texto original para guardarlos en un documento aparte, con el objetivo de desarrollar mejor esas ideas alternas y convertirlas en textos breves que después comparto de forma independiente.
En cuanto al mensaje, este está condicionado por las circunstancias que existen dentro de la ficción que escribo. No todos los mensajes que he dado son optimistas, ni moralmente buenos. Con mi escritura pretendo expresarme, comprenderme, y compartir el resultado con mis lectores, sin intentar condicionar la forma de pensar de nadie. Mi genuinidad radica en eso, en que soy tan humano como cualquiera.
¿Cuáles son esas rutinas o buenas prácticas para darle ese turbo a la creatividad cuando realmente se necesita al momento de escribir?
Antes pensaba que la respuesta estaba en leer más, pero, como todo en la vida, cambié de opinión. De hecho, para la sección Desde el oficio, estoy escribiendo un artículo que habla precisamente de esa antítesis: no siempre leer mucho es la respuesta para escribir más. En este otro artículo compartí consejos que me sirvieron a superar el bloqueo creativo y, sobre todo, que les sirvieron a otros escritores. Pero mentiría si dijera que tengo una rutina fija.
Soy de aquellos escritores que pueden pasar el día haciendo otra cosa y, de pronto, decidir que quieren ponerse a escribir como si no hubiera un mañana. Es como cuando, por impulso, te levantas de un salto de la cama con la primera alarma. O cuando abres la llave de la ducha de golpe cuando aún tienes sueño. El objetivo es despertarte rápido, activarte. Ese choque, ese cambio repentino, es lo que me permite escribir de forma constante. Una vez que estoy sentado a mi escritorio, con la laptop frente a mí, no hay marcha atrás. Podría decir que escribo gracias a que me obligo a hacerlo, aunque no tenga ganas. No es algo que recomiendo hacer, sólo digo que me sirve a mí.
¿Crees que escribir el manuscrito de tu vida sería tu mayor reto?
Si hablamos de lo que, técnicamente, sería una autobiografía, definitivamente sí. Hace unas semanas una colega me comentó que le gustaría escribir mi biografía, un proyecto muy grande y laborioso por su naturaleza indagatoria. Tuve que decirle que le agradecía el elogio de la consideración, pero que debía declinar, pues si algún día se llega a publicar un libro de no ficción conmigo como protagonista, me gustaría ser yo quien lo escriba.
Hay cosas que uno tiene que explicarse a sí mismo primero antes de escribirlas para que alguien más las lea. Considero, también, que todavía me falta mucho por vivir, mucho por conocer. Debo decidir también qué contar, qué callar, qué desarrollar. Ya de por sí, escribir es un acto íntimo. Al publicar reflexiones a modo de ensayos personales, uno tiende a desnudarse ante los lectores, y eso, en mayor o menor medida, implica cierta vulnerabilidad. Imagínate si se trata de un libro completo.
No estoy listo para aventurarme en tal empresa aún, pero no es algo que descarte, pues siempre he tenido inclinación por emular las obras de escritores que admiro, y quisiera publicar un libro similar al que publicó Ribeyro en vida: La tentación del fracaso, que es su diario personal. En mi libro podría contar tal vez anécdotas o episodios de mi vida de los que pueda extraer reflexiones y observaciones interesantes. Siendo que me gusta escribir más ficción, pasar a la no ficción sí sería un reto, definitivamente, pero, estoy seguro, también una aventura.
¿Qué poema o texto te gustaría volver a escribir por lo bien que se sintió al terminarlo?
Hay varios, pero, de momento, y porque está publicado aquí mismo en el blog, me quedo con Cuando Europa no exista, que está incluido en mi libro El peso del vacío. Creo que condensa bien la nostalgia que sentía en el momento en que lo escribí. Venía atravesando un periodo de duelo sentimental, y quería volcar en palabras esa tristeza matizada con esperanza que siempre caracterizó mis textos. Este es mi fragmento favorito:
Y aun cuando Europa no exista y las playas de las postales sean imaginarias, aun cuando tu piel sufra de alzhéimer y la mía no acepte que fuiste mentira, aun cuando el pasado se nos refleje en la mirada y logre escaparse por alguna lágrima, he de ser fuerte por ambos, porque una vez me enseñaste que en la vida de vez en cuando hay que llevarse contusiones en los sueños.
Cuando Europa no exista, Heber Snc Nur
Del libro El peso del vacío
Como varios de mis textos, este nació precisamente de un fragmento (el mismo que está ahí arriba), y tuve que darle un desarrollo. Fue genial porque la voz literaria que uso para ese texto me resulta cálida, y podía sentir que el manejo de un lenguaje poético lleno de metáforas ya no se me hacía tan complicado como antes. Es de esos textos en los que sentí con mayor claridad que estaba madurando como escritor.
Ahora que he vuelto a releerlo me parece que puede mejorarse, claro, pero me sigo sintiendo conforme con lo que pude lograr en ese momento, ya que lo escribí cuando tenía veinte años, si mal no estoy.
¿Cómo crees que «envejezcan» tus libros en quince años? ¿Crees que haya alguno que definitivamente no coincidirá con el Heber que serás en ese entonces?
No hace falta esperar quince años. Ahora mismo me siento ajeno con la mayoría de los textos que están en mis libros. Cuando paso las páginas de uno de ellos tengo la sensación de estar viendo fotografías viejas, no tanto de un pasado nostálgico, sino incluso de otra vida, de alguien ajeno a mí. Por supuesto, una cosa es sentirme ajeno a mis textos, y otra que las temáticas de mis textos hayan envejecido mal. La mayoría —por no decir todos— hablan de temas que siguen siendo vigentes, en general, como el amor, la esperanza, el valor de los recuerdos.
Para otras personas, los libros se sienten muy actuales, y no es casual. El estilo mainstream de mis libros los dota de esa vigencia. Escribir sobre amor nunca va a pasar de moda, pero hay ideas sobre el amor que defendí durante años y por las que ahora no apuesto nada. Como ves, es una perspectiva personal. Pero si algo me ha enseñado la vida es que lo único estable es el cambio. Ahora mismo me siento ajeno, pero tal vez dentro de esos quince años volveré a abrazar las ideas que escribí en esos libros. O quizá me aleje todavía más de ellas hasta el punto de tener el impulso de eliminar toda mi producción literaria por no reconocerme en ella. Lo dudo, sinceramente, pero la respuesta sólo el tiempo nos la dará.
¿Qué es eso «único» que depositas en tus textos que los lectores no han encontrado, ni encuentran, ni encontrarán en la «voz» de otro autor/escritor/poeta?
En octubre del 2022, un lector me escribió por Instagram para decirme lo siguiente:
En otra ocasión, una lectora me dijo que leerme la había salvado de quitarse la vida, porque por primera vez se sintió comprendida, abrazada. Eso me hizo comprender el gran poder que tienen las palabras.
Una de mis motivaciones a la hora de escribir fue transmitir el mensaje a mis lectores de que no están solos. Que alguien ya había sentido su tristeza, sus miedos; tenía el mismo trauma, la misma sensibilidad, había cometido los mismos errores. Procuraba decirles que no están mal por permitirse sentir a flor de piel. Y, sobre todo, que el dolor también es pasajero. Nunca escribí para dar todas las respuestas, sino para acompañar cuando las preguntas se volvían angustiantes.
Pero también hacía con las palabras algo más que escribirlas, las manejaba de tal modo que me permitieran diferenciarme del resto de escritores, porque nunca fui fan del facilismo, y lo digo sin hacer alarde de falsa modestia, ya que soy consciente de mi talento. Eso fue tal vez lo que hizo que muchos lectores encontraran en mis producciones ese algo único que, de forma consciente o inconsciente, impregné en mis palabras. ¿Cómo definir a ese algo? Podría hablar de autenticidad, podría hablar de sensibilidad, podría hablar de recursos literarios, podría decir muchas cosas, pero la mayoría pertenece al campo de los tecnicismos, y lo que importa es la experiencia de quien lee.
En todo caso, la respuesta puede variar según cada persona. Si alguien desea saber qué es ese algo único que me diferencia de otros escritores, lo mejor que podría hacer es comenzar a leerme. Lo que sí puedo confirmar es que en mis producciones siempre encontrarán mi sinceridad humana, incluso —o sobre todo— cuando escribo ficción.
¿Crees que llegarás a la cúspide de tu carrera —lo que sea que eso signifique para ti— en vida o cuando ya no hagas parte de este plano?
Antes pensaba que la cúspide era ganar premios, los que sea. Después, más recientemente, pensé que la cúspide está en ganarme la vida escribiendo. Durante un tiempo lo hice, aunque no precisamente escribiendo lo que quería escribir. Creo que podría volver a eso. Mientras pueda disponer de tiempo para leer todos los libros pendientes que tengo, y al mismo escribir con calma, estaré bien. Pero sin duda, la cúspide para mí es convertirme en novelista. Estoy seguro de que podré lograr eso antes de pasar a mejor vida. Debo trabajar mucho, eso sí. Siempre he defendido la idea de que a los lectores —los buenos, los de verdad— no hay que entregarles cualquier cosa. Merecen respeto, merecen que su tiempo sea recompensado con un buen libro. No aspiro más que al simple placer de escribir lo que llevo en el alma, contar las historias que quiero contar, no fijarme en el éxito que pueda o no tener. A partir de ahí, todo lo demás será añadidura.
Si pudieras eliminar algo de tu trayectoria ¿qué sería?
Todas las veces que cedí a la autocensura. Fue una limitante no querer abordar un tema sólo por pensar en lo que diría mi familia si me leyera. Vengo de una familia conservadora, dicho sea de paso, donde no era bien visto que un adolescente que iba los domingos a la iglesia se refugie en su cuarto a escribir sobre soledad, tristeza o erotismo. Debido a ello tuve que crear el seudónimo alterno de Dashten Geriott, con el que me firmaba los textos que con Heber no me permitía. Aun así, la autocensura —proveniente más de un miedo que de un hecho— me privó de escribir más de lo que pude haber escrito. Con el paso del tiempo me di cuenta de dos cosas: 1: no me importaba tanto la opinión de mi familia como pensaba; y 2: mi familia no me leía tanto como creía. La limitante siempre estuvo en mi cabeza. Y tuve que librarme de ella. Por eso ahora ya no uso seudónimos alternos, y me permito escribir sobre lo que realmente quiero. Una vez me prometí que no iba a permitir que la escritura fuera una de mis cárceles, y sigo con esa misma determinación.
Durante cinco años escribiste bajo el seudónimo de Dashten Geriott, un nombre que suena a que no es de este mundo. Si hoy pudieras sentar frente a frente a Dashten y a Heber, ¿cuáles crees que sean sus diferencias sobre la forma de ver el amor y la soledad, y qué le agradecería Heber a ese joven que escribía desde el anonimato?
Más de una vez he imaginado esa escena. De hecho, en la primera versión de mi libro La ciudad de los recuerdos, incluí una novela breve de ocho capítulos, si mal no estoy, en la que ambos, de carne y hueso, compartían conversación. Heber y Dashten hablando frente a frente. Esa breve novela la eliminé para la nueva versión del libro, y ya no se encuentra ahí. Las diferencias entre ambos siempre han estado muy bien marcadas. Dashten ha representado mi lado más oscuro, en todos los sentidos: más negativista, más fatalista, más triste, pero también más agresivo, más violento, más frívolo, más erótico y más avezado. Heber, por su lado, siempre representó la mesura, la calma, la esperanza, el romance, el autocontrol, la integridad. Por supuesto, los dos conforman al hombre que soy, y a su modo, han evolucionado dentro de mí.
Si estuvieran frente a frente, Heber le agradecería a Dashten por haber llevado la carga más pesada, la del anonimato pero también la de la honestidad y la valentía de expresar exactamente lo que deseaba. En cuanto al amor y la soledad… pues Heber siempre vio al amor como algo más que un sentimiento: un compromiso, una ilusión; Dashten, en cambio, como una herramienta de sufrimiento. Para la soledad la cosa no cambia mucho: mientras Heber tenía miedo de quedarse solo, Dashten asumía la soledad con todo el dolor que ello conlleva. Tenían en común que había ciertas cosas que les dolían por igual, pero se diferenciaban en cómo asumían el dolor: Heber confiaba en que el dolor iba a pasar; Dashten prefería hundirse en el lodo.
Pero el tiempo pasa y ambos han aprendido uno del otro. Estoy seguro de que, ahora, Dashten le agradecería a Heber por mostrarle algo de luz y por rescatarlo del abismo; Heber le agradecería a Dashten por demostrarle que no todo en la vida se resuelve con palabras bonitas, que muchas veces debe primar el pragmatismo para la toma de decisiones. En el tema del amor, la gratitud también sería mutua. Heber ya no es tan ingenuo, y Dashten tampoco es tan negativista. Reconocerían que se necesitan mutuamente, y en lugar de tomar el protagonismo en mi vida, representan ese equilibrio que me permite disfrutar de una soledad que hace tiempo dejó de dolerme.
En uno de los artículos que has publicado has dicho que tu vocación es escribir para el largo plazo más que para el instante del algoritmo. Si tuvieras que elegir sólo un texto de toda tu obra que quede impreso en un libro que se leerá en 2090, ¿cuál sería y por qué justamente ese?
No me gusta cuando me dan a elegir entre mis textos, pero hay uno al que le tengo un especial cariño. Se titula Las cuatro estaciones de mi vida. Es un texto que terminé de escribir el 9 de diciembre del año 2020, y que está incluido en mi libro La ciudad de los recuerdos. Ese texto lo escribí con total libertad creativa. Quería crear algo que pudiera describir a la mujer más cercana a mi ideal, y utilicé la metáfora de los lugares para compararlos con ella.
En el texto, la musa es una mujer a la que el poeta explora como si fuese una ciudad, con sus climas, sus lluvias, sus edificios; pero también en la que se refugia como si fuera su hogar. Está cargado no sólo de romance, sino también de deseo, siempre con un toque sutil. Ya había usado la metáfora de la mujer como ciudad en otro poema que escribí como Dashten Geriott, pero en ese texto la metáfora alcanzó otros niveles. Me gusta mucho cómo jugué con las distintas figuras para describir a la musa, no limitándome a ensalzar el físico, sino también al mundo abstracto del pensamiento y la personalidad.
Es un texto que escribí sin dedicatoria, por lo mismo que pensaba que nunca iba a conocer a nadie que me inspirara a dedicárselo, hasta que finalmente la encontré, lo que le otorga un valor añadido enorme. Al mismo tiempo, representa la mejoría significativa en mi escritura de por entonces, y creo que puede ser disfrutado tanto hoy como dentro de setenta años.
En El Rostro del Invierno y otros textos hablas de haber aprendido a valorar lo que el camino ofrece, incluso cuando no es lo que esperabas. ¿Qué culpa o vergüenza creativa has tenido que enfrentar al reeditar bajo tu nombre libros que antes firmaste con otro seudónimo?
La culpa fue haber tenido que valerme de seudónimos alternos para ocultar mi propia voz. Pero reeditar, específicamente, El Rostro del Invierno, que antes había firmado como Dashten Geriott, me permitió tomar las riendas de mi carrera con más firmeza y defender mis ideas. Por otro lado, en cuanto a la vergüenza creativa, creo que no he tenido ninguna. Los textos que firmé con Dashten Geriott siempre me han gustado, y me parecieron incluso con mayor potencial que los textos que firmaba como Heber. Cuando dejé de lado ese seudónimo, pude unir ambos estilos de escritura. Fruto de esa fusión de estilo es el texto de Las cuatro estaciones de mi vida, que menciono en la respuesta anterior.
¿Qué te asusta más: que alguien en el futuro te interprete mal, o que te lean y no sientan nada?
A mí me han interpretado mal varias veces, tanto da si escribo poesía o ensayo, lo que me trae sin cuidado. Yo mismo he malinterpretado lo que han escrito otros escritores. Pero, lo que más temo como escritor es la indiferencia, pasar desapercibido. Un texto —al menos poético—, para mí tiene valor si provoca una reacción emocional en quien lo lee. Creo que el futuro no puede cambiar tanto como para que alguien, al leerme, diga que mis textos no le provocan nada. O eso quiero creer.
Eres uno de los pocos escritores que ha navegado entre la poesía íntima de los blogs y el mundo de las redes virales. Si mañana desapareciera toda la plataforma donde publicas, ¿qué cambiaría realmente en tu manera de escribir, o sólo en tu manera de publicar?
Me encanta esta pregunta porque me hace reflexionar en todo lo que tengo publicado en internet y que todavía no he respaldado por confiar, aún, en que la tecnología «siempre va a estar ahí». La verdad, mi manera de escribir no cambiaría, aunque como escritor que se mueve más por medios virtuales que presenciales, me afectaría el hecho de ya no poder llegar a las personas que ahora llego. Pero como dijo Ernesto Pérez Vallejo en una entrevista que le hice para Sexta Fórmula: «si nadie me leyera, yo también escribiría». No tengo que darle más vueltas al asunto. Creo, incluso, que si algún día desaparecen todas las plataformas, significaría un alivio, al no tener ya que preocuparme tanto por métricas, alcance, insights, etc. Sería como volver a lo analógico, y la presión por gustar al resto disminuiría, lo que volvería a mi escritura todavía más auténtica, aunque menos pública por lo mismo. Es interesante pensar en todo esto. Tendría que publicar por medios tradicionales: periódicos, editoriales… acudir a más eventos presenciales, ahora obligado por las nuevas circunstancias. Vaya, da como para reflexionar bastante sobre esa nueva realidad.
Si pudieras asignarle una puntuación de 1 a 10 a toda tu producción literaria publicada y que publicarás en el corto plazo, ¿cuál sería?
Nunca me terminó de gustar la calificación por puntaje, tal vez porque era algo que se aplicaba en el colegio, y a mí nunca me gustó el colegio. Tampoco me gustó la idea de autocalificarme, porque o me infravaloro, o me sobrevaloro. Al menos por ahora, no podría asignarle puntuación alguna a lo que he producido. Sólo puedo decir que me siento feliz por todo lo que he escrito, pero al mismo tiempo estoy inconforme, ya que pretendo mejorar aún más. En todo caso, prefiero que los lectores sean quienes asignen puntuación a lo que he escrito hasta ahora.
¿Hay un texto que ya no podrías escribir hoy, pero que sientes que necesitaste escribir cuando tenías 17 o 20 años? ¿Lo guardarías en secreto o lo asumirías públicamente?
No uno, sino varios. Me he dado cuenta de que a esa edad todavía escribía desde la perspectiva de alguien con falta de amor propio. Lo que en ese tiempo yo pensaba que era romántico hoy sé que en realidad fue dependencia emocional. No tendría que ocultar nada, de todos modos, aunque no descarto mejorar la redacción, mas no la esencia. Es parte de la gracia de escribir poesía: mostrarse imperfecto, vulnerable.
Muchos jóvenes han crecido leyendo tus textos en Tumblr y Blogger. Si ahora pudieras enviarles un mensaje a esos mismos lectores de hace diez años, sin palabras «poéticas», ¿qué mensaje directo les darías?
Gracias, simplemente. Considerando que hace diez años yo apenas había cumplido la mayoría de edad, el haber logrado que mis textos resonaran tanto en personas que tenían mis mismos años, o incluso mayores, resulta un logro muy personal. Me gusta pensar que, aunque no me conocieron nunca en persona, crecimos compartiendo las inquietudes que nos asaltan a esa edad. Así que, eso. Gracias por haberles dado a mis palabras la oportunidad de formar parte de sus vidas.
Quiero agradecer sinceramente a las personas que participaron haciéndome las preguntas. Por orden alfabético: Beatriz Allca, Diana Glez, Enrique Delgado, Liany Cobo Rodelo, Mara Gonmarri, Mirza Mendoza y Pepe Cantellano.
Recomiendo estar al tanto del trabajo de cada uno de ellos, porque son realmente buenos en lo que hacen y tienen mi admiración sincera.
Y bien, lectores, esta ha sido mi manera de celebrar estos tres años de Hache de Silencio. La verdad es que responder a cada una de las preguntas ha sido como dar un viaje. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. ¡Nos leemos en una próxima entrega!
Con cariño:
En ese enlace, se puede ver la publicación en mi página de Patreon en el año 2024, pero esa es una versión más actualizada. La publicación original está en mi blog de Blogger y data del año 2017.
Hasta la fecha, las novelas breves son: Lo mucho que te quise, La certeza del pasado, Sombras y fuego, La historia de Daniel y Un poema para Larisa.







