Leer mucho no es suficiente para escribir bien
No sólo de lecturas vive el escritor
En más de una ocasión he mencionado la novela El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón. Es mi novela favorita, no importa los años que pasen ni las novelas que lea. La considero muy bien escrita, y creo que la leí en el momento oportuno, en el único momento oportuno que existe para leer a Zafón: cuando el alma todavía alberga inocencia, ingenuidad, porque esa novela te las extirpa. Te sacude, te rompe por dentro. Me llegó tan al alma, también, porque el protagonista es un escritor con una vida dramática, llena de soledad, oscuridad y silencio —¿será esa una de las razones por las que amo precisamente la soledad, la oscuridad y el silencio?—. Fue imposible no identificarme con él, hasta llorar de rabia y sentir, a flor de piel, cada una de las cosas que ese escritor atormentado experimentó.
En fin. Podría llenar este artículo de las cualidades que tiene esta novela, pero voy a centrarme en un tema en específico. En una parte de la historia, David Martín, el protagonista, nos cuenta que estaba atravesando por un momento de sequía productiva causada por diversas razones. El punto es que no podía escribir. Más adelante se nos cuenta que, gracias a otro personaje que viene a él para ayudarlo a salir de su constante encierro, es que puede forjar una rutina: todos los domingos salía a pasear. No importa si fuera al cine, a comprar algo o simplemente a caminar hasta la plaza. Dicho paseo dominical era innegociable. Cuenta David Martín que, gracias a eso, su actividad de escritura se incrementó, hasta emular sus años más productivos. Escribía más y mejor.
Cuando leí por primera vez esto no pude comprender qué asociación había entre una cosa y la otra. Mi lógica adolescente me decía que dedicar tiempo a la escritura y a la actividad contemplativa era la mejor manera de asegurarse una productividad constante. Mientras más tiempo pasara encerrado, rodeado de páginas y palabras, más iba a escribir. Si bien por aquellos años esa fórmula funcionaba, no fue sino más adelante, en tiempos recientes, que he podido comprender por qué al protagonista de El juego del ángel le funcionó el callejear de vez en cuando para escribir más. ¿Por qué? Porque eso fue lo que me pasó también.
La tesis de este artículo consistirá en eso: en que no basta con leer mucho para escribir más y mejor. Y no, no es una contradicción a lo que he planteado antes. En otros artículos de esta sección he recalcado la importancia de leer mucho para nutrirnos como escritores. «El buen escritor es un buen lector». Pues hoy te traigo esta idea y, si me regalas unos minutos más de tu tiempo, te demostraré por qué no existe contradicción entre una y otra. Ambas son complementarias, porque más que escritores, somos seres humanos, y necesitamos no sólo nutrirnos de palabras, sino también de la vida misma para trabajar nuestro arte de la mejor manera.
Te doy la bienvenida a Desde el oficio, una sección en la que comparto reflexiones basadas en mi experiencia de más de una década como escritor. Este es un espacio pensado para hablar, con franqueza y sin adornos innecesarios, sobre lo que significa ser escritor en estos tiempos. Si aún no te has enterado de qué va todo esto, te invito a leer este artículo.
Leer es condición necesaria, pero no suficiente
Permíteme insistir: lo que menos quiero dar a entender es que leer no importa. Porque leer importa, y mucho. Es probablemente la actividad más formativa que puede tener un escritor, al margen de toda la teoría existente. Leer te ofrece una formación empírica, intuitiva. A través de la lectura aprendes el ritmo, la estructura, la forma en que otros resolvieron problemas narrativos que tú ni siquiera sabías que tenían nombre. Lees y descubres tradiciones, posibilidades, límites que puedes respetar o romper, pero que primero tienes que conocer.
Todo eso es real y no está en discusión.
Lo que sí quiero discutir es la idea de que leer más es siempre —y recalco: SIEMPRE— la respuesta. Que si algo no funciona en tu escritura, la solución es embarcarte en la lectura de otro libro. Que el escritor ideal es aquel que ha leído todo, que vive entre libros, que sale poco y piensa mucho, que convierte la biblioteca en su único territorio de exploración.
Esa imagen tan intelectualoide tiene su lado romántico, pero hay que tener cuidado con ella.
Leer te inspira, sí, pero en la vida de todo escritor llega un momento en que aparece el tan famoso bloqueo creativo. No escribes, y lo peor es que tampoco te apetece leer. Estás en ese limbo de la página en blanco interminable, desafiante.
En esos momentos de bloqueo, me decía que mi problema era que no leía lo suficiente. Me llevó tiempo comprender que una de las razones de ese bloqueo era la ansiada ambición de que el primer intento arroje sobre el papel un texto impecable. Aparece el temor a sonar repetitivo, la constante sensación de que «eso ya lo dije antes pero con otras palabras», el anhelo de emular todas esas lecturas que he ido acumulando. Si el texto que escribía no sonaba igual o mejor que aquellos libros que leí, entonces no servía. Y si no servía, me frustraba, y el bloqueo no hacía sino extenderse.
La solución entonces no va por la vía de leer otro tipo de textos, o embarcarse en talleres de escritura creativa —no digo que no sirvan, que quede claro—, cuando lo que ocurre es que, mientras más ensimismados, lo que hacemos es driblar en nuestro propio laberinto mental. Hundirnos. A veces la solución no se encuentra entre más palabras, sino en más vida: salir, literalmente. Experimentar más allá del sosiego que ofrece una rutina entregada a las palabras. Dejar de lado, de vez en cuando, esa comodidad silenciosa y embarcarnos al ruido de la calle, a los colores de la ciudad —o del campo, si tienes la fortuna de vivir en zona rural—.
Me ha pasado en múltiples ocasiones que, cuando me quedo sin ideas, o cuando tengo un texto estancado, la inspiración me encuentra caminando, viendo tiendas o simplemente observando a la gente pasar desde una banca en la plaza. Varios fragmentos emergieron de ese modo: en medio del ruido. Las soluciones a mis embrollos literarios las encontraba cuando más me alejaba de ellos, y no siempre cuando más empeño ponía en resolverlos.
Será el cambio de ambiente, serán las conversaciones ajenas que, de manera directa o indirecta, influyen en la psique. Será lo que quieras, pero eso ayuda. Caminar. Salir. Distraerse.
Y si eso me ha ayudado a superar la sequía productiva, estoy seguro de que ayudará también a mejorar la redacción de ese tipo de textos que muchas veces suenan como cascarones vacíos. Textos a los que puedes reconocer la forma, el ritmo, pero no puedes intuir el fondo, como si estuviesen escritos sin ganas, sin alma.
Reconocer ese tipo de textos es simple, siempre que los leamos con la debida distancia del tiempo. Una vez que reposan por algunos días, volver a ellos nos permite leerlos con ojo crítico. En el momento de escribirlos tal vez nos parecieron geniales, pero ahora nos parecen escritos por alguien que, por ejemplo, lleva meses sin escuchar conversaciones reales. Los diálogos suenan mecánicos. Las acciones, automáticas. Y en el caso de la poesía, las metáforas aparecen ilegibles. El texto puede describir emociones, pero no te las transmite. Porque fue elaborado desde esa lógica fría de la redacción correcta, pero no desde una experiencia que suene convincente, real.
Y sí, leer te ofrece herramientas, pero las herramientas por sí solas no construyen nada si no hay materia prima que trabajar. Necesitamos entonces experiencias extraliterarias.
La vida cotidiana como materia prima
Cuando hablo de experiencias extraliterarias no me refiero a que tengas que irte a escalar el Himalaya o atravesar el Amazonas para tener algo que contar. No es cuestión de convertirse en un escritor aventurero que acumula paisajes extraordinarios creyendo que la intensidad de la experiencia garantiza la calidad del texto, porque no es así.
Me refiero a algo mucho más cercano y, por eso mismo, mucho más accesible.
Me refiero a salir a caminar sin auriculares y notar el modo en que la gente espera el semáforo: quién mira el teléfono, quién mira a los demás, quién mira al suelo. Me refiero a hacer una cola larga y prestar atención al tipo de impaciencia que genera en cada persona. Me refiero a tomar el transporte público y escuchar —de forma discreta, obvio—, las conversaciones que ocurren a tu alrededor: la discusión a medias, un chiste mal contado, el silencio entre dos personas cuyas miradas evidencian que tienen algo pendiente por resolver.
Me refiero a aburrirte, en el buen sentido1. A mirar por la ventana sin un propósito concreto. A sentarte en un parque y no hacer nada en particular.
Me refiero a probar cosas que no tienen nada que ver con la escritura: aprender algo de música, aunque sea torpemente; dibujar, aunque no sepas hacerlo; cocinar algo nuevo; caminar por un barrio al que nunca has ido.
Estas son experiencias que puedes llevar a cabo en soledad, pero tampoco descartes las experiencias en compañía. Si tienes la buena fortuna de contar con uno o dos amigos, aventúrate a salir con ellos. Un paseo breve hasta la plaza, una cena en un lugar nuevo. Estoy seguro de que no faltarán las risas, los recuerdos, las ocurrencias. El humor te renueva, y estoy seguro de que, tras horas de plática, cuando te enfrentes a la página en blanco, algo de lo que hablaste con ellos encenderá ese reóstato interno de tu mente que te hará seguir escribiendo. Sí, somos escritores, pero también seres humanos. Necesitamos una dosis, aunque sea pequeña, de esos momentos para relacionarnos, ¿y qué mejor que hacerlo con nuestros amigos, las personas en cuya compañía nos sentimos cómodos?
En fin. El punto es que todas esas experiencias funcionan como materia prima. Y cuando esta se trabaja bien —y se nota, créeme— producirá esa sensación de que lo que estás leyendo ocurrió de verdad, o pudo haber ocurrido, o podría ocurrirle a alguien que conoces.
Ya lo dije antes, pero el estilo de un escritor no nace únicamente de los libros que ha leído. Nace también del ritmo con que percibe la realidad que lo rodea: la velocidad a la que procesa lo que ve, el tipo de detalles que su sensibilidad retiene, la forma en que conecta lo que ocurre afuera con lo que lleva adentro. Esa sensibilidad no se desarrolla sólo leyendo. Se desarrolla viviendo y prestando atención mientras vives.
Pensemos en el escritor como un ser recolector, alguien que va por el mundo acumulando cosas sin saber todavía para qué las va a usar. Cosas que parecen nimiedades y que a nadie más que a él le importarían: un olor, la forma en que la luz cae en un lugar determinado a una hora determinada, el ruido de un papel revoloteando, una frase que escuchó al azar. Esas cosas se archivan en algún lugar que no es exactamentela memoria consciente, y aparecen después, en la página, transformadas, y muchas veces uno no puede explicar de dónde vinieron. Pero estaban ahí, esperando su momento para salir.
Esto, además, tiene una explicación muy interesante.
Lo que le pasa a tu mente cuando caminas
Ya en el año 2014 dos investigadoras de Stanford, Marily Oppezzo y Daniel Schwartz, publicaron un estudio que confirmó que, cuando caminas, tu capacidad para generar ideas nuevas aumenta entre un 60 y un 80 por ciento en comparación con cuando estás sentado. No importa si caminas por un parque o en una caminadora frente a una pared. Es el movimiento en sí mismo, independientemente del entorno, lo que activa algo en el cerebro que favorece el pensamiento creativo.
La psicología tiene un nombre para ese tipo de pensamiento: divergente. Es el pensamiento que no busca una única respuesta correcta, sino que explora posibilidades, genera asociaciones, abre caminos. Es exactamente lo contrario del pensamiento convergente, que es el que usas cuando resuelves un problema técnico o analizas la estructura de un texto. Ambos son necesarios para escribir, pero el pensamiento divergente, el que produce las ideas, las imágenes, las conexiones inesperadas, necesita condiciones distintas para activarse. Y sentarte a leer durante horas, aunque sea la actividad más enriquecedora del mundo, no siempre crea esas condiciones.
Lo que sí las crea, muchas veces, es caminar. Moverse. Cambiar de escenario. Dejar que el cuerpo haga algo mientras la cabeza «no hace nada».
La red que trabaja cuando crees que descansas
Por su parte, la neurociencia tiene otro concepto que me parece indispensable para cualquier escritor que quiera entender cómo funciona su propia creatividad. Se llama Red Neuronal por Defecto, y es una red de regiones cerebrales que se activa precisamente cuando no estás concentrado en ninguna tarea concreta.
Cuando lees con atención, cuando analizas un texto, cuando corriges tu propio borrador, esa red se apaga, porque el cerebro está ocupado. Toda su energía va hacia la tarea. Pero cuando caminas sin un destino fijo, cuando miras por la ventana, cuando te duchas, cuando te aburres un poco, esa red se enciende, y lo que hace es fascinante: empieza a conectar cosas. Recuerdos con emociones, imágenes con ideas, experiencias pasadas con situaciones presentes, fragmentos que estaban separados en distintos rincones de tu memoria y que, de pronto, encuentran una forma de relacionarse.
Eso que parece no hacer nada es, muchas veces, el trabajo más importante que tu mente puede hacer como escritor.
Reconoces este fenómeno porque lo has vivido. ¿Nunca te ha pasado que estás en la ducha y, de pronto, te llega una frase brillante como por inspiración divina? O cuando estás en la cama, pensando, simplemente mirando al techo y, de pronto, das con la solución a un problema narrativo, y sientes el impulso de anotar esa idea. O cuando recuerdas una conversación de hace tres años que ahora, caminando por la calle, cobra un significado que no tenía cuando ocurrió. Es exactamente eso.
Ni casualidad ni inspiración divina. Se trata de tu red neuronal por defecto haciendo conexiones que la concentración constante no le deja hacer.
Así que, lo dicho: si pasas todo el tiempo en modo de concentración intensa, ya sea leyendo, corrigiendo, analizando, planificando, esa red nunca tiene espacio para activarse. Le estás cerrando la puerta al proceso que más ideas te puede generar. La hiperconcentración, paradójicamente, puede ser uno de los mayores enemigos de la creatividad.
Cómo organizar esto en tu rutina
No te estoy pidiendo que reorganices tu vida ni que abandones tus horas de lectura, ¡jamás! Simplemente te sugiero algo más asequible: que, en lo posible, incorpores tu exposición al mundo como parte deliberada de tu oficio, así como cuidas tu tiempo de lectura.
Podrías, por ejemplo, mantener un tiempo fijo de lectura cada día y, a la vez, reservar un tiempo para exponerte al mundo. En el ejemplo que te di al inicio de este artículo, el protagonista de El juego del ángel dedicaba el domingo a callejear. Puedes hacer lo mismo si está en tus posibilidades, pero la verdad es que no tiene que ser un tiempo tan extenso. Puede ser incluso una caminata de cuarenta minutos, sentarte en un café con una libreta y sin teléfono durante una hora, o visitar una vez a la semana un lugar al que normalmente no irías: un mercado, un barrio diferente, una exposición, un museo, un evento que no tiene nada que ver con la literatura. Lo importante es que salgas del circuito habitual con la actitud del escritor recolector: acumulas material, aunque no sepas todavía para qué.
Otra cosa que podría servirte es llevar un cuaderno de notas. ¿Tienes un diario? Genial, pero te sugiero un cuaderno específico para lo que encuentras afuera: frases que escuchas, actitudes que te llaman la atención, pequeños conflictos presenciados, imágenes que por alguna razón te quedas mirando más tiempo de lo normal, olores evocadores. No intentes convertirlos inmediatamente en literatura. Solo anótalos como ideas sueltas.
Luego de eso, vuelve a la página, abre ese cuaderno de vez en cuando, especialmente cuando sientas que tus textos están yendo a la deriva. Revisa lo que anotaste. Toma uno de esos fragmentos y conviértelo en una escena, en una imagen, en el inicio de un texto. Verás que muchas veces el material ya estaba trabajado por tu mente sin que tú lo supieras: lo que anotaste como una observación trivial tiene, visto con distancia, una carga emocional o narrativa que sólo aparece cuando lo trabajas.
Este ciclo, leer, salir, observar, anotar, escribir, puede servirte para asegurarte de que tu escritura se alimenta de dos fuentes en lugar de una. Y dos fuentes siempre producen textos más ricos que una sola.
Los riesgos de malentender esto
Antes de terminar, necesito decir algo que podría malinterpretarse si no lo aclaro.
«Vivir más» no significa buscar experiencias únicamente para escribir sobre ellas. No es cuestión de que salgas al mundo con la actitud del turista que ya está pensando en cómo lo va a narrar, que vive los momentos con un ojo puesto en el texto futuro y el otro apenas presente en lo que ocurre. Esa actitud, paradójicamente, empobrece la experiencia y empobrece el texto. Para recoger material del mundo, primero tienes que estar en el mundo de verdad, no observándolo desde afuera como si fuera un escenario ajeno a ti.
Tampoco significa abandonar la lectura ni reducirla. Un escritor que deja de leer porque «la vida le basta» está cometiendo un error tan grande como el que deja de vivir porque «los libros le bastan». No se trata de elegir entre una cosa y la otra. Se trata de entender que son dos fuentes distintas que se alimentan mutuamente: la lectura te da los instrumentos para procesar y transformar lo que vives; la vida te da la materia que los instrumentos necesitan para trabajar. A esto me refería con que leer mucho y vivir conscientemente no son ideas que se repelan, sino que se complementan.
Por último: no confundas acumular experiencias con escribir. Puedes salir todos los días, llenar cuadernos de observaciones, probar actividades nuevas cada semana, y aun así no escribir nada. Como te dije, esto es sólo materia prima, no tu obra terminada. Aún falta trabajar dicha materia para convertirla en literatura. Trabaja el material, escribe, revísalo, reescribe, deja reposar y vuelve a él. Sin ese trabajo, la experiencia más intensa del mundo no produce ningún texto. El escritor aventurero que acumula anécdotas extraordinarias pero no se sienta a escribir no es un escritor: es alguien con buenas historias para contar en una cena, y nada más.
Una llamada al movimiento
Hoy, después de leer esto, en lugar de abrir otro libro de consejos, te propongo algo: sal a caminar una hora. Sin auriculares, y sin móvil —todo un reto en estos tiempos, lo sé, pero hay que hacerlo de vez en cuando—. Lleva sólo una libreta y un bolígrafo. Observa, escucha, permítete aburrirte un poco y, cuando regreses, antes de hacer cualquier otra cosa, escribe una escena, una imagen, un fragmento, con algo que hayas visto o escuchado en ese tiempo.
No busques que sea brillante, ni mucho menos que sea el mejor texto que hayas escrito, porque no lo será, probablemente. Sólo tiene que venir de afuera, de algo real.
Después me cuentas.
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Charlemos
Si tienes alguna consulta, opinión o alguna reflexión acerca de todo lo que has leído hoy, me encantaría leerte. Charlemos en la sección de comentarios, compartamos ideas. Sabes que siempre respondo y estoy abierto al diálogo.
Sin más, me despido por hoy. Te mando un abrazo desde este rincón del mundo.
Que estés muy bien.
Con cariño:
Lee los artículos anteriores:
Al respecto del tema del aburrimiento, quiero recomendarte este excelente artículo escrito por Edu.









Hola. Me parece muy bueno tu enfoque para salir del bloqueo creativo. A veces no nos damos cuenta que participar de la vida real es simiente. Y claro, la vida nos sorprende siempre, me pasaron cosas de literatura fantástica en la mía, jajaja. Abrazos 🙌✨
Todo bien, pero debe ser completamente necesario la ausencia de audífonos, es decir a veces...