Las cartas que nunca llegué a enviar
Un viaje al pasado a una etapa que considero no sólo cerrada, sino también sepultada con gran parte de los últimos brotes de romanticismo que me quedaban.
El otro día, organizando algunos enseres personales, abrí una caja que no había abierto hace tiempo, y en ella encontré un sobre envuelto en papel film. En el sobre podía leerse mi nombre como remitente y, en el lugar del destinatario, el nombre de una chica que, por ahora, me limitaré a llamar S, y de la que estaba enamorado. Sabía que había escrito esa carta, pero en aquel momento no lo recordaba. Al desenvolver el papel film, sin embargo, me encontré con dos sobres en lugar de uno. En cada uno estaba escrito el número 1 y 2 respectivamente.
Y entonces lo recordé. Esas cartas habían sido el punto de partida de un proyecto literario que quise llevar a cabo con ella. Mi plan era escribirle varias cartas en las que pretendía retratar cada una de las etapas o situaciones por las que pasaba en ese proceso de enamoramiento hasta el día que la conociera en persona. Cada una de las cartas iban a llevar un orden secuencial, por eso los números. Así, cuando por fin el encuentro se diera, iba a tener ya un pequeño conjunto de cartas que serían potencial material para un buen libro epistolar que por entonces tenía el anhelo de publicar: un libro que llevara por título «Cartas para [inserte aquí el nombre de la musa]», al mejor estilo de Sabines. ¿Qué puedo decir? Era un romántico.
Por supuesto, el proyecto no se concretó, pero los vestigios quedaron, y hoy te mostraré el contenido de ambas cartas. No he modificado ninguna oración, ninguna errata, así que si detectas algo que deba ser corregido, que no te extrañe: esas cartas son tan imperfectas como yo. Al principio dudé en compartir la segunda carta por ser muy personal, pero pronto me convencí de hacerlo, ya que aquella es una etapa que considero no sólo cerrada, sino también sepultada con gran parte los últimos brotes de romanticismo que me quedaban. Aun así, querido lector, te pido discreción por lo que leerás a continuación.
Carta 1
Miércoles 31 de agosto, 2022
Querida S:
No ha pasado mucho tiempo, pero tampoco ha hecho falta. Cuando se trata de sentir, ni el corazón ni el alma conocen de horarios. No ha hecho falta meses, ni años: desde los primeros días supe que ibas a convertirte en una chica especial en mi vida. Y tengo miedo, pero es normal: cuando se trata de empeñar el alma por alguien uno no puede evitar pensar en todos los riesgos que eso conlleva. Es maravilloso al mismo tiempo que alarmante eso de sentir que alguien le devuelve los colores a tu mundo, porque en los últimos años todo en mi vida era gris, desde las emociones hasta la perspectiva de la vida y sus matices. Había esperanza, claro, pero era una esperanza mustia, como un decorado obligatorio en el paisaje de la vida, como una carga inevitable, un combustible que sirve para avanzar, pero sin dirección, sin meta determinada, provocando un andar prácticamente al azar por las rutas inciertas de la vida.
Pero llegaste y, tal como dije al inicio, no te hizo falta esperar tanto para darle color a este mundo. Y te vi del modo que se ve un milagro: incrédulo y maravillado a partes iguales. Me pareciste una chica hermosa en todos los sentidos, y ni siquiera llevábamos una semana escribiéndonos. Los siguientes días sólo pude comprobar mis felices conjeturas. Detallista, sutil, delicada, exquisitamente femenina, inteligente a más no poder, racional en momentos extremos, familiar, llena de amor, resiliente, empática, visionaria, dedicada, hermosa… y es que las palabras se quedarían cortas.
Por eso mi miedo, señorita S. Miedo que no veas en mí lo que yo veo en ti. Miedo a no ser lo que buscas, a que un día decidas que tu mundo y el mío no son compatibles, a que una vez que me conozcas un poco más, te vayas. Y no te confundas, yo te voy a comprender, pero no voy a negar que me dolería bastante. Nada me gustaría más que, algún día, pueda sentirme digno de tomarte de la mano, merecer tu tiempo, poder, aunque sea sólo una vez, ser dueño de tu sonrisa, inspirarte el romance, hacerte sentir que por fin encontraste tu lugar en el mundo, y que está a mi lado.
Escribo estas líneas no para que, al leerlas, me correspondas, sino para que sepas que en ti veo a alguien más que una amiga, pues me temo, señorita S, que en ti veo la posibilidad de un futuro, la proyección de una vida tal vez no perfecta, pero sí plena. Me temo que estoy enamorándome de ti a una velocidad vertiginosa, porque has aparecido tan de repente y has despertado emociones que no experimentaba hace tiempo, porque aunque esté lleno de miedos, lo cierto también es que me inspiras a enfrentarlos, a ser un mejor hombre, sólo para ti, porque no mereces mi versión limitante. Eres una mujer por la que vale la pena arriesgarlo todo.
Aquí derramo mi alma, señorita. Tú decides qué hacer con ella. Sólo quiero dejar constancia de este sentimiento que cada vez crece más, hasta salir de mis manos. Al menos por ahora, y al margen de lo que decidas, te he convertido en mi musa, y no es algo que nadie hasta ahora me había inspirado a hacer.
Tuyo, a partir de ahora:
Heber.
Esta nota la encontré en el sobre de la segunda carta. Comprendo que mi letra pueda parecer incomprensible, así que transcribo:
Querida Nadie, ¿eres tú? ¿Te encontré por fin? ¿Somos, acaso, nuestros por fin? ¿Nos hemos encontrado para forjar ese futuro que por tanto tiempo huyó de nosotros?
Querida Nadie, ¿estás ahí? ¿Acaso tu nombre siempre había sido S…?
11 - 09 - 2022
A propósito de mi querida Nadie, la primera publicación que hice en este substack fue una de las últimas cartas que le escribí. Curiosamente, en esa carta hablo de S, aunque de forma implícita. Luego de que leas la segunda carta, a lo mejor quieras leer ese post que publiqué, pues funciona como la continuación de esta historia.
Ahora, te dejo el contenido de la segunda carta…
Carta 2
Querida S:
El otro día, en una nota de voz, me reprochaste —en un tono amable, es verdad— que no te haya escrito en todo el día. Creo que ha llegado el momento de explicar una parte de mi personalidad que durante mucho tiempo me ha costado aceptar pero que, finalmente, he reconocido como parte de mí: me cuesta iniciar conversaciones. Es eso, simplemente.
Desde hace varios años vengo sintiendo cierta aversión a enviar un mensaje, a dar el primer paso… Cada vez que la sola idea aparece en mi mente y un atisbo de intención me guía, me bloqueo. Es como si una voz me dijera que no debería escribir porque podría ser una molestia para la otra persona, que lo que menos iba a querer alguien es hablar conmigo, porque nunca tengo nada de interés que ofrecer. Porque no hay nada más que vacío al otro lado de la pantalla, y que nadie siente atracción por esa divergencia que hay entre el escritor y el hombre.
Obviamente mi aversión a escribir ha sido alimentada por experiencias pasadas. Verás, estoy acostumbrado a los rechazos, pero no es de esas costumbres que me permiten sortearlos con deportividad, sino de aquellas otras: las que se parecen a una advertencia, que me dicen que no puedo esperar nada más que eso: rechazo, y por tal motivo no debo escribir.
Esa es una de las razones por las que me cuesta mantener amistades, pues la mayoría de personas no está dispuesta a lidiar con esa parte de mí, y se aleja. Y aunque yo entiendo perfectamente que lo hagan, en el fondo siempre voy a desear que se queden. Los rechazos de los que hablo vienen en forma de mensajes dejados en visto, ignorados, o de llevar la conversación a un desenlace apresurado, con esas ansias de desprenderse de mí. La mayoría de veces me resultan indiferentes, por lo mismo que la mayoría de personas que me rechazan y yo no hemos formado una relación tan cercana como para que su alejamiento me duela, pues este me duele, como cabe esperar, de aquellas pocas personas que realmente me importan, entre las cuales te encuentras tú.
Sí, S, tú eres de esas personas que me importan a las que más de una vez escribí luchando con mi miedo, y que terminó rechazándome. Y es algo que me duele porque a ti te he dado un grado de importancia especial. Más de una vez ignoraste una pregunta que te hice, o alguna petición también, y preferiste responder con mensajes breves, quitándoles importancia, como si olvidaras a veces lo detallista que soy. Lo peor, sin embargo, es cuando me dejas en visto durante horas, o de un día para otro, mientras publicas estados, y aunque en más deuna ocasión he roto mi orgullo y te he vuelto a escribir, respondes ese mensaje nuevo y sigues ignorando el anterior.
Por eso, señorita S, me parece irónico que me reproches que pase un día sin escribirte. ¿Cómo podría hacerlo, si constantemente no haces más que ignorar los mensajes que te envío? ¿Por qué escribirte, si cada vez que lo hago sólo veo cómo mi miedo se hace realidad, y esa voz que en un inicio me decía «no lo hagas», ahora me dice «te lo dije»? No te lo he dicho antes porque temía que sonara a reclamo, y yo soy consciente de que no soy nadie en absoluto para reclamarte nada, ni tengo ningún derecho.
Puedes pensar, también, que todo esto es una tontería, que estoy haciendo todo un mundo partiendo de una nimiedad. Y a lo mejor tienes razón. ¿Qué tal grado de inseguridad debo tener como para darle importancia a conversaciones digitales? ¿Hasta dónde llega mi dependencia a la tecnología, que un mensaje, un detalle, puede avivar o menguar mi miedo a socializar? Por eso, si piensas que estoy haciendo un drama sin fundamentos, tienes razón, porque yo también lo pienso. Por tal motivo no te digo nada, no te pido que cambies, no me atrevo a reprocharte lo más mínimo. También porque sé que estos días los has dedicado a tu familia, y yo, en grado de importancia, no puedo competir contra eso. Yo en tu vida no ocupo ninguna prioridad, y eso está bien. No soy nadie, a fin de cuentas, y no me molesta. Lo que me incomoda, realmente, es que a veces te esfuerces por hacerme creer que sí.
No, S, yo no formo parte de tu mundo, no soy especial, y esos nervios que dijiste en un inicio que te provocaba, estoy seguro de que fueron producto de una emoción pasajera, porque ya no están, ya no despierto tu interés como en los primeros días, ya no te llamo la atención, porque cada vez vas conociéndome más y comprendes que no hay valor en mí más allá de mi poesía. Me gustaría que fuera diferente, pero a estas alturas de mi vida no puedo hacer nada para cambiar eso. Soy lo que ves, y perdona, por favor, si eso no te gusta. Insisto: no hay nada de malo en todo eso, es simplemente que no soporto la incoherencia de tus palabras y acciones. No me digas que soy especial cuando no me lo demuestras.
Ha pasado menos de un mes, y yo a yi te he convertido en mi musa. ¿Lo peor? Abarcas más de un arte. Ahora también eres musa de mis dibujos, y no sólo de mis cartas. Por ti he vuelto a dibujar. Por ti he vuelto a escribir a mano… Es irónico, claro, porque se supone que yo no me enamoro fácil, pero he comprobado contigo que, a mi pesar, me encuentro tan necesitado de afecto que unas palabras bonitas son capaces de doblegar mi voluntad.
Así que, aunque el error también es tuyo, la responsabilidad absoluta es mía. Yo soy quien ha permitido todo este desorden sentimental, por eso no te culpo, pues también sé cómo acabará esto: dejaremos de hablar un día, y tendremos que cargar con la tarea de aprender a olvidarnos, aunque hayamos hecho tantos compromisos, y aunque tengamos que lidiar con la culpa de haber empeñado nuestra palabra en acciones que nunca tuvimos la seguridad de llevar a cabo. Todas las historias más prometedoras de mi vida terminan así. Y no te confundas: espero equivocarme esta vez.
Yo seguiré respondiendo tus mensajes con el mismo cariño, con la missma atención y prontitud, porque a fin de cuentas tú no tienes la culpa de algo que solamente yo tengo la capacidad de permitir: que me afecten nimiedades, porque aún me aquejan los ecos de malas experiencias pasadas.
Heber.
04 - 09 - 2022
11:09 p. m.
Dentro de poco más de un mes ambas cartas habrán cumplido cuatro años desde que las escribí. Sobra decir que mi pesimista predicción, esa de «sé cómo acabará esto: dejaremos de hablar un día, y tendremos que cargar con la tarea de aprender a olvidarnos» se cumplió al pie de la letra. Por supuesto, es una historia que ya no me afecta, y de la que, de no haber sido porque encontré las cartas, ni siquiera me acordaba. ¿El paso de los años nos hace menos vulnerables? Supongo. Pero de lo que sí estoy seguro es de que esa fue una de las últimas historias que se terminó de llevar una parte de mi ya por entonces escaso romanticismo.
Aunque, pensándolo bien, sigo siendo romántico. No en el sentido afectivo, sino más bien en un sentido más, digamos, artístico. No por nada, pese a mi progresivo pragmatismo, sigo siendo amante de escribir cartas. Sigo buscando la belleza en la cotidianidad y las cosas sencillas de la vida.
Haber encontrado esas cartas me transportó a una época en la que estaba atravesando por un proceso de redescubrimiento personal. Todas las convicciones que hasta ese momento había tenido se desmoronaban una a una bajo el peso de una realidad que me resultó inabarcable. Mi forma de entender el mundo, de percibir la vida, de comprender el amor, las relaciones, mi propio arte, todo se había convertido en un agujero negro que me consumía. Desaprendí tanto en aquel tiempo, y tuve que cargar con esa sensación de caminar sobre el vacío, sin certezas, dando pasos de ciego. Supongo que una parte de mí, desesperada por rescatar esa vida que se me escapaba, se aferró a S, y por eso me enamoré de ella como último recurso, y por eso escribí lo que escribí.
Aun así, todo lo que pueda decir desde mi posición actual son suposiciones. Realmente no tengo idea de cuál era mi forma exacta de pensar por aquel entonces, sólo sé que necesitaba creer en alguien, mantener una pizca de esperanza.
Hoy no me reconozco en esas palabras, pero sé que fueron parte de mí. Sé que, en su momento, fueron sinceras. Conservaré las cartas por aquella reacia característica mía que me impide deshacerme de objetos significativos. Si ya de por sí se me hace difícil eliminar el borrador de un poema viejo que muy probablemente no voy a tocar por el resto de mi vida, la idea de deshacerme de estas cartas se me hace impensable. Conformarán mi museo personal, una colección de objetos que contienen parte de mi historia, lo que les otorga un valor intrínseco del que no los pienso despojar.
En fin…
Cuéntame de ti. ¿Tienes objetos significarivos que conserves todavía? ¿Alguna vez escribiste cartas que nunca enviaste? Platiquemos en comentarios. 💬
Hablando de cartas, quiero aprovechar para recordarte que pronto abriré un club por correspondencia. La idea es enviarte cartas reales a tu domicilio (sí, un sobre que contenga mis palabras, y tal vez una postal, una ilustración u otros detalles). Vengo desde abril dándole forma a este proyecto y por fin tengo todo cada vez mejor definido, aunque aún hay cosas por ajustar. Nunca me imaginé que algo así conllevara tanto tiempo de preparación y, de hecho, esa es una de las razones por las que en los últimos días no he publicado nuevos artículos. Estaba tan sumergido en eso que no me di tiempo para revisar los borradores que tengo guardados. Yo pensé que un mail club —como se lo conoce en redes— era cuestión de escribir y enviar cartas, pero ya ves… lo bueno es que está cada vez más cerca, y que será algo muy especial, porque le estoy poniendo el corazón a esto. Lo anunciaré cuando tenga todo listo. ¿Te gustaría formar parte?
Gracias por acompañarme una semana más en Hache de Silencio.
Que estés muy bien.
Con cariño:
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