Michael Jackson es el único artista que tiene fans que aún no han nacido
Mi humilde homenaje al único rey del pop que existe
Recientemente, con el estreno de la película biográfica Michael, protagonizada por el sobrino del rey del pop, muchos han recordado —y otros han descubierto— lo grande que fue y sigue siendo este artista. Aun después de fallecido, ha logrado un importante hito en la historia de la música al convertirse en el único artista en entrar al Billboard Hot 100 a lo largo de seis décadas, y su música ha vuelto a ocupar los primeros lugares en plataformas de streaming como Spotify y Apple Music.
Sí, amo la literatura, los libros, pero tampoco puedo vivir sin música. Y descuiden, lectores, que no voy a convertir a mi blog en una especie de magazine farandulero, simplemente quiero expresar mi forma de ver al que es para mí —y para millones de personas— el mejor artista de todos los tiempos. Aun así, conviene aclarar que no es este un recuento de sus logros, que son bien sabidos y están mejor documentados en otros espacios. Yo soy un simple admirador que tuvo la mala fortuna de comenzar a ver lo grande que fue luego de su muerte, y hablaré hoy acerca de ello.
Todo es del diablo
Como dije alguna vez por aquí, nací en cuna cristiana, específicamente evangélica. En aquella época de mi niñez los adultos que me rodeaban tendían a satanizar todo lo que no hablara de Dios. Era común para mí escuchar cosas como «esa música es del diablo», «esos dibujos son del diablo», e incluso había quienes tenían la desfachatez de afirmar que «hacer deporte es del diablo». Por suerte, en mi familia no se llegó a ese extremo —al del deporte, me refiero—, pero Michael Jackson, junto con otros artistas de rock y pop, estuvo en el blanco de aquellas acusaciones.
No faltaron los pastores que afirmaban que Michael Jackson había hecho un pacto con el diablo para ganar fama y dinero, y poder bailar con una destreza que según ellos no podía provenir sino de las profundidades del infierno. Un día vi la prédica de un reverendo de mi ciudad. En ella, mostraba el fragmento de un vídeo que supuestamente fue grabado en no sé qué discoteca europea, donde se mostraba a un demonio con patas de cabra bailando con los pasos de Michael Jackson y John Travolta. Un vídeo de un minuto que, incluso a mis ojos de diez años, se notaba que era computarizado pero que él no sólo afirmaba que era un vídeo real, sino que era prueba contundente para confirmar que ese demonio era el que poseía a MJ cuando bailaba en el escenario.
Crecer con esas imágenes y esos discursos, más que incitarme a fortalecer mi vida espiritual, me llenó de pesadillas. No sé qué esperaba mi padre que ocurriera al exponerme a esos sermones de pastores que afirmaban que la santidad era directamente proporcional a la cantidad de carne que se cubrían las mujeres al vestirse. Pero bueno, no culpo (del todo) a mi padre. Dentro de sus buenas intenciones, aquella era su manera de cuidarme de un mundo que él sabía cruel y despiadado. Sólo quería mantenerme alejado del mal.
Para entonces, Michael Jackson ya había fallecido, y no faltaron quienes afirmaron que estaba ardiendo en el infierno junto con Celia Cruz, Pedro Infante y otros, por homosexual, diabólico y pederasta. ¿Fuente? De los deseos, supongo.
Lo que sí era cierto es que la imagen de Michael Jackson no se me quedó ahí. Cuando veía que le dedicaban una nota en los noticieros me quedaba absorto, porque había algo en él que tenía el mismo efecto que un imán para mi atención. Michael aparecía ocupando la pantalla: un tipo excéntrico, con una dicción delicada y una forma de vestir que no pasaba desapercibida, precisamente. Y entonces creía, y ataba cabos, y me decía que sí, que era diabólico, que había hecho pactos, que no debería dedicar tiempo siquiera a mirarlo.
Debo decir que hasta entonces no había escuchado sus canciones y, si las escuché, no las recordaba; es decir, no sabía que las cantaba él, ya que mis recuerdos eran más visuales que auditivos. Teníamos tele en casa, pero veíamos más noticias y caricaturas que otra cosa. Y un día fui consciente de aquella ironía: sabía que un cantante había muerto, pero nunca lo había oído cantar. Todo lo que sabía de él provenía de la prensa y unos hermanos de la iglesia que no escatimaban en condenarlo incluso después de muerto.
Un dios sobre la tierra
La noche que vi la noticia de su fallecimiento me quedé conmocionado. No porque me doliera la noticia, sino porque, simplemente, no entendía lo que estaba pasando. Veía a la multitud de personas llorando su partida a través de la tele, veía los reportajes, aquel ataúd de oro, su hija llorando en el funeral. Todos hablando de la muerte del rey, de un hombre influyente, de un artista que se fue demasiado pronto. Mi ignorancia era grande, así que no derramé ni una sola lágrima, pero todo lo que rodeaba a su muerte me intrigó tanto que comencé a realizar mis propias pesquisas para entender por qué su nombre ocupaba tantos titulares. Sin yo saberlo, había nacido en mí una obsesión que el tiempo sólo habría de acrecentar.
Recuerdo que aprovechaba cualquier oportunidad de salir con mi papá para acompañarlo en sus andanzas a casas de clientes. La noche siguiente a la muerte de Michael, mientras pasábamos por un mercado, encontré un pliego de periódico en el suelo. Estaba manchado, pero lo que me llamó la atención se podía ver completamente legible, así que lo recogí. Al abrirlo, encontré la fotografía de Michael Jackson ocupando dos páginas enteras a todo color, con un subtítulo al pie que decía que había partido el rey del pop, un dios sobre la tierra, un hombre que quiso ser niño. Me guardé aquel pliego durante no sé cuánto tiempo, y cuando se lo mostré a mi papá, él asintió de buen grado ante aquellas palabras, especialmente —y esto no se me va a olvidar nunca— cuando pronunció «un dios sobre la tierra».
Cuando tuvimos computadora en casa con internet incluido, no perdí tiempo y, curioseando, me puse a ver vídeos de Michael en YouTube. Y no pude evitar sentirme atraído, extrañamente seducido por el ritmo de sus canciones, por su forma de bailar, por la belleza de su talento y por lo extraño que resultaba pensar que el diablo fuera capaz de dotar a alguien con dones tan maravillosos.
Para el año siguiente había caído en el encanto de Michael sin remedio. Estaba en primer grado de secundaria, y recuerdo que compré un cancionero a la salida del colegio para aprenderme las letras de sus canciones —así nos las aprendíamos en mis tiempos1—. No contento con eso, se me ocurrió que podía aprenderme sus pasos de baile con los vídeos que veía. Y sí, pude.
Una vez, en mis andanzas del recreo con mis compañeros, me animé a hacer lo que nunca en mi vida me había atrevido: bailar frente a otras personas. Al principio soltaba unos cuantos pasos que arrancaron más de una interjección de asombro de quienes me miraban. Luego, alentado por esto, encadenaba un paso tras otro hasta improvisar una suerte de performance. Ahí estaba yo: rodeado por un corro de estudiantes de todos los grados, desenvolviéndome con soltura y luciendo los pasos del buen Michael que había pasado horas ensayando en casa, desde su tan icónica parada de puntillas, pasando por sus patadas, deslizamientos laterales, el baile del robot, para, al final, cerrar con broche de oro con un paso lunar que provocaba una tremenda algarabía entre los que se habían dado cita para verme.
Recuerdo que fueron varios recreos los que me dediqué a hacer eso, y sentía que estaba transgrediendo mis principios, pues, amén de todas las restricciones que tenía como cristiano, una de ellas me privaba del baile. En ningún año de mi secundaria, pese a tener las aptitudes, conformé el grupo de danza de mi salón «por ser fiel a mis principios». Bailar se sentía como tener una doble vida, pero lo asumí, con ilusión y temor a partes iguales. Michael fue el único artista por el que me atreví a romper las reglas que había obedecido toda mi vida.
Un día, ya en el salón, una profesora de esas que impartían más chismes que clases, me reconoció y me preguntó si yo era aquel chico que bailaba en el recreo. Mi timidez y, sobre todo, mi temor de recibir una reprimenda, me hizo titubear al responder que sí. «Se lo va a decir a mis padres. Me van a descubrir», pensé. Todo mi miedo se desvaneció cuando me preguntó si podía dar una demostración frente a la clase. Yo, por supuesto, acepté. Luego de mi breve espectáculo, la profesora me puso una calificación aprobatoria. ¿Según qué criterios? No lo sé, porque no era profesora de arte, precisamente, pero no iba yo a discutirle nada a ella que, por lo demás, le tenía más miedo que aprecio.
Pero mi vida ya giraba en torno al rey del pop. Queriendo saber más de él, me sumergía en internet para investigar. Y era curioso, porque los primeros resultados que me arrojaba el buscador cuando colocaba su nombre eran las noticias de todas aquellas acusaciones que había recibido Michael en vida. Cuál fue mi sorpresa al ver que ese mismo tipo que yo ya por entonces idolatraba estuvo acusado de tantas atrocidades. Aquel primer choque resquebrajó ese prisma de admiración a través del cual miraba a MJ, y mi lado justiciero salía a flote y comenzaba a pensar en Michael con recelo. Pero lo seguía escuchando, seguía viendo sus vídeos, seguía admirándolo con esa inevitabilidad que provocó siempre su deslumbrante talento. Lo escuchaba igual, aunque completamente decepcionado por un ídolo al que, si bien no consideraba un santo, tampoco había tenido por un criminal. Mi gusto por su música se convirtió en culposo, pero, aun así, seguí.
No sé a quién le oí decir que las acusaciones que había contra Michael eran infundadas, nacidas por la codicia de los padres de los niños que fungían como víctimas, pero lo cierto fue que me aferré a esa esperanza. Abracé la posibilidad de la inocencia de Michael, aunque aquello sólo fueran rumores, pues el peso de la ley —que no de la justicia— siempre fue más grande.
El hombre que quiso ser niño
Comencé a averiguar acerca de la vida de Michael. Conocí más sobre su infancia, que no tuvo; sobre su padre, que no se comportó como tal; y todo aquello me tocó el alma como sólo las historias conmovedoras pueden hacerlo. Ver a Michael sin el marco de los titulares me dio una nueva perspectiva de él, quizá la más honesta. Porque entonces comprendí que Michael no era el monstruo que yo admiraba con cierta reserva, casi con miedo a que los demás supieran que me gustaba tanto.
Me arrebataron por completo mi infancia. No hubo Navidad, ni cumpleaños; no fue una infancia normal, ni disfruté de los placeres propios de la niñez. Todo eso se cambió por trabajo duro, lucha, dolor y, finalmente, éxito material y profesional. Pero, como precio terrible, no puedo recuperar esa parte de mi vida, ni cambiaría nada de ella.
Aquella imagen distaba muchísimo del hombre metódico y resuelto que veía en los escenarios. Muchos que trabajaron con él afirmaban que tenía un álter ego. El Michael que jugaba con los niños y se desenvolvía en la vida cotidiana no era el mismo que subía al escenario a cantar, bailar y deslumbrar hasta provocar desmayos, gritos y una ovación estridente. Ambos tenían su magia, pero de una parte para acá, esa otra faceta, la del Michael humano, fue la que me ha llamado más la atención. E indagar con profundidad sobre él fue tan revelador como doloroso.
Michael no fue un hombre adulto como cualquier otro. Crecer sin infancia, expuesto toda su vida ante millones de personas, pasa factura. Fue un hombre roto que, a pesar de contar con toda esa fama y dinero, siempre se sintió solo. Hace unos días vi el fragmento de un documental que le hicieron, donde Michael le enseña su árbol favorito al hombre que lo entrevistaba, y le comenta que solía pasar varias horas subido en lo más alto, escribiendo sus canciones. No me cuesta imaginar a un Michael, como cualquier otro escritor, dando forma a sus pensamientos en su libreta. Como todo artista, Michael tenía la necesidad de expresarse, y no era indiferente a las cosas que ocurrían en el mundo. Le dolían las guerras, las deforestaciones, todos los daños que causaban las industrias carroñeras y, sobre todo, el efecto colateral de estas: el sufrimiento de las personas sin hogar pero, sobre todo, el de los niños. No fue casual que creara Neverland, que fue una especie de refugio para recuperar su infancia perdida, y que gustaba compartir con los niños.
Y esa fue también su condena.
En sus canciones Michael se dedicó a alzar la voz abordando temas que por entonces ya eran polémicos. Conocía la maldad de la gente que controlaba la industria y sabía que aquel mundo estaba podrido por dentro. Nosotros nos enteramos, hace apenas unos años, de todo lo que hacía Epstein en su isla, pero es probable que Michael ya lo hubiera sabido desde hace mucho. Y entonces, claro, las piezas comenzaron a encajar. Aquellos juicios que había enfrentado tenían una dimensión más grande que sólo padres codiciosos. Detrás había una industria que quería silenciarlo por sus constantes denuncias, pues Michael era de los pocos artistas que no podían controlar del todo.
Michael tenía que lidiar con problemas internos —traumas, complejos, que tenían raíces en su niñez—, enfrentando al mismo tiempo la presión de una industria que necesitaba de él más de lo que él necesitaba de ella. Porque Michael no sacaba canciones en busca de fama o dinero. A él le daba igual lo que estuviera de moda en ese momento, hacía las canciones que realmente quería hacer. Y tuvo que cargar con la condena de que sus facetas, la del artista y la del individuo, se difuminaran en una sola al ojo público. Se acostumbró a que la gente se acercara a él siempre en busca de un favor, de una colaboración, de una propuesta, nunca con el objetivo de, simplemente, disfrutar de su compañía. En lugar de recibir manos amigas, recibía manos que cargaban agendas. Cometía el error de confiar en quienes no debía, daba segundas oportunidades, se comportaba con una nobleza que el mundo nunca mereció.
Tal vez por eso fue tan cercano con los niños. A ellos no les importaba ni el dinero ni el estatus, y veían a Michael como él siempre quiso ser visto: un ser humano. Michael sintió que tenía que cuidar de aquella inocencia y pureza que a él le arrebataron, pero el mundo vio otra cosa. Nadie comprendía —o no quería comprender— que existía un amor genuino e incondicional a los niños que no implicaba malicia alguna, y se dedicaron a arruinar su imagen para siempre, porque los titulares ya estaban ahí, el escándalo se había desatado, y no se detuvo ni siquiera después de que lo declararan inocente.
Los fans de Michael que aún no nacen
No es ninguna novedad que las nuevas generaciones, a pesar de la música moderna imperante, han descubierto al verdadero y único rey del pop que existe, y se han rendido a su encanto como alguna vez yo lo hice. Es que, ¡vamos! Resulta inevitable.
En las últimas semanas me he enternecido viendo vídeos de niños reaccionando a la música de MJ, embelesados. Una mamá, incluso, grabó a su hijo —de unos cinco o seis años— llorando porque acababa de enterarse de que Michael no estaba vivo. En los comentarios de ese vídeo, otra mamá contaba que había sido incapaz de darles esa noticia a sus hijos, quienes están ilusionados con la idea de ir a un concierto de Michael algún día.
Actualmente los podios estaban siendo ocupados por otros cantantes, pero incluso con tanta competencia, a Michael no le costó reclamar su trono nuevamente.
Y hay quienes han tenido el atrevimiento de comparar a cierto dizque cantante —cuyo nombre no voy a mencionar, ya que no hace falta— con Michael Jackson, aduciendo todos los millones que ha vendido, las millones de reproducciones en plataformas, los estadios que ha llenado, etc., cuando, más allá de la calidad superior de la música de Michael, hay datos objetivos que hacen que la balanza se incline siempre a favor del rey: Michael Jackson alcanzó fama mundial en una época en la que no existían las redes sociales, y su influencia no sólo fue en el ámbito del arte. Hay quienes afirman —y no lo veo exagerado, la verdad— que, después del mismísimo Cristo, la persona más famosa del mundo es Michael Jackson, y eso que lleva más de una década bajo tierra.
Sí. Soy fan de Michael. No al extremo —ya no, al menos— de escucharlo todo el día, o de tener sus pósteres pegados en las paredes de mi habitación, o de hablarle a todo el mundo sobre lo mucho que me gusta —para muestra un botón: es la primera vez en toda mi vida que escribo sobre él—, pero sí al punto de reconocer y seguir guardándole un respeto que, hasta ahora, creo que ningún otro artista se ha ganado tanto como él. No niego la existencia de artistas talentosísimos actuales o contemporáneos de Michael, simplemente, prima mi predilección.
A Michael lo admiro y lo sigo escuchando, con nostalgia por los buenos tiempos que me hizo vivir en la secundaria, pero también con cierta tristeza, porque es de aquellos artistas a los que me habría gustado conocer en persona más allá de su faceta de cantante. Yo, que detesto los conciertos, habría asistido a uno suyo con todo el gusto del mundo. No existe otro artista en mi lista que me inspire eso. Oigo a otros cantantes con mucho deleite, pero si algún día, alguno de ellos se presenta en mi ciudad, me resultaría totalmente indiferente. El interés que me despierta Michael rompe esa barrera, y es una pena que mi amor por su arte haya comenzado luego de su muerte. No me arrepiento, claro, pero me es inevitable pensar en cuánto más hubiera disfrutado de su música.
Hoy, la noticia de su muerte ya cobra otro significado. Cuando era niño no entendía por qué había tanto revuelo; hoy, me lamento de lo que el mundo perdió con su fallecimiento, y en más de una ocasión me he sentido triste al ver los reportajes o algún que otro vídeo que hacen en torno a él. Yo, que no soy de lágrima fácil, estoy ahí, mirando una pantalla que me resulta borrosa por mis propias lágrimas.
Me gusta pensar que existen pistas archivadas, piezas de canciones del buen Michael que nunca salieron a la luz. Si es cierto o no, la verdad no me he dado tiempo de investigar. Pero no me extrañaría si algún día esas canciones llegaran a publicarse de forma póstuma y logren ocupar los primeros lugares de reproducción a nivel global de nuevo.
Y es que, ¿para qué discutirlo? No importa el tiempo que pase: Michael siempre resultará vigente, y cada nueva generación seguirá descubriendo el talento de un hombre que fue más humano que artista.
Estos son algunos de los comentarios que he visto en las redes las últimas semanas:
Michael les dio diecisiete años de ventaja y ni así pudieron alcanzarlo.
Tan jodida está la música ahora que tuvo que regresar Michael Jackson a poner orden.
Quién diría que el próximo Michael Jackson iba a ser el mismo Michael Jackson.
Y el infaltable, aquel que le da título a esta entrada:
Michael Jackson es el único artista que tiene fans que aún no han nacido.
Son comentarios —a los que yo suscribo— de millones de fans que creemos, de corazón, que el talento de Michael no sólo resulta legendario, sino también atemporal. Da igual, por ejemplo, la época en que veas sus coreografías, estas resultarán completamente actuales. Lo mismo con el ritmo de cada canción, e incluso con sus letras.
Dicen por ahí que todos los caminos llevan a Michael, refiriéndose a que cualquier paso de baile que aparezca en un videoclip, por muy novedoso que resulte hoy, ya lo hizo alguna vez Michael Jackson. La verdad, no sabría confirmar esto, ya que no me suelo fijar en los bailes modernos de los artistas actuales, sólo lo menciono como curiosidad.
No faltan los que aseguran que pasará mucho tiempo para que nazca otro Michael. Yo prefiero renunciar a aquella posibilidad y ser tajante: nunca nacerá otro que se le iguale. Y está bien, porque MJ es irrepetible. Tuvimos la fortuna de compartir contemporaneidad con él, y eso basta.
A riesgo de sonar demasiado fanático, estoy seguro de que Michael nunca tocó indebidamente a un niño. A mis ojos, fue un artista al que le sobraban fans pero que le faltaban amigos, de los de verdad. Que hizo lo que estuvo en sus manos para proteger a sus hijos, a quienes adoraba con su vida misma. Que tuvo que cargar con el peso de una fama que nunca buscó y a la que estuvo condenado desde que era niño.
También guardo la absoluta certeza de que tenemos para rato de él. Que no importa los años que pasen, Michael seguirá vivo en cada uno de los corazones de quienes siempre creímos en el buen ser humano que fue y lo admiramos más allá de sus canciones. Nunca me abandonará la sensación de que partió demasiado pronto, como las mejores personas, como todos los grandes artistas. Sólo queda seguir escuchándolo y compartiendo el buen gusto de su arte, que, entre tanta barbarie musical, hace falta hoy más que nunca.
Con cariño:
Escribir eso me hizo sentir viejo, lo admito.









Michael Jackson es un nombre lleno de polémica, pero en el escenario es indiscutiblemente uno de los mejores solistas de todos los tiempos. Musicalmente soy más de bandas, pero me llegó mucho la frase de que tiene fans que aún no nacen. Porque me identifiqué, la mayoría de la música que escucho es de bandas que ya estaban extintas antes de que naciera. Solo te daré un ejemplo: Led Zeppelin se disolvió en 1980; yo nací en 1987. Los artistas trascienden su generación cuando logran hacer algo atemporal; eso tiene mérito.