Hola, lectores. Creo que ya era tiempo de compartir un texto inédito en el blog. Esta vez traigo una carta que fácilmente podría complementar a otro texto que ya publiqué hace unos meses, pues tanto en él como aquí cuento la misma historia. Sugiero, por tanto, que lean antes este primer texto si aún no lo han hecho. Sin más, los dejo con la publicación de hoy. ¡Feliz lectura!
Todavía recuerdo aquella preciosa noche de diciembre en que te conocí. Fue en la carretera donde el bus se detuvo antes de continuar con su ruta hacia la capital. El abrazo fue inmediato, lo mismo que el beso. Verte por primera vez me hizo comprender lo equivocado que estuve al pensar, por un momento, que ibas a verte igual que en las fotografías. Porque te veías mejor. Más hermosa, más real. La belleza que te habitaba no se limitaba a la apariencia. Tu forma de mirarme, de sonreír, de entrelazar tus dedos con los míos mientras hablábamos brevemente de las vicisitudes de aquel viaje, todo hizo que aquel momento se eternizara, aunque sólo hubiera durado quince minutos. Luego el bus continuó con su marcha y me quedé ahí, viendo cómo los faros traseros se hundían en la negrura de la carretera.
Volví a casa sintiendo que, a partir de entonces, mi vida no iba a ser la misma. Y días después, lo comprobé. Supe que tenía razón cuando tu aroma se impregnó en mi ropa. Supe que tenía razón cuando te hice mía aquella primera noche mágica. Supe que no volvería a dormir igual si compartíamos el calor y la ilusión de que todo iba a marchar como debía. El orden que instalaste en mi rutina, la paz que volví a sentir cuando dejé de despertarme atormentado por las noches, las voces de mi cabeza que, por primera vez en años, se habían callado tras tu llegada. Nada de eso fue casual. Cuando a veces digo que me cambiaste la vida, espero que tengas claro que no estoy exagerando. Hubo más luz, incluso. O quizá aprendí a valorar la que ya había.
Ahora ya no vivo en aquel edificio en cuya azotea observamos el atardecer alguna vez. Me he mudado un par de veces, y ahora estoy más lejos, más perdido, como si en lugar de resurgir, hubiese descendido hacia las sombras de esta ciudad polvorienta. Detesto el barrio, tal vez porque ya viví por aquí hace años, y varios de mis peores recuerdos están entre estas calles, aunque las calles no me recuerden a mí. Aquí la estridencia es diaria, tanto, que me solivianta los ánimos, me despierta por las noches, me hace desear estar siempre en otro sitio. Más de una vez he tenido que pasar el día fuera para regresar por la noche. Me iría a otro lugar, de poder costearlo. La verdad es que puedo quejarme de todo menos del precio del alquiler. Hay comodidades que se sacrifican por el bien del presupuesto.
El punto es que incluso aquí, en estas calles sin asfalto, donde se oyen ladridos a cada minuto, donde los vehículos transitan levantando nubes de polvo a su paso, donde los vecinos apenas devuelven el saludo pero al mismo tiempo son tan generosos como para poner música para toda la cuadra, y donde todo se percibe ajeno, incoloro y sin gracia, aquí, te recuerdo, como si hubiese existido alguna época en que habitaste estos lares, dándole al barrio un soplo de decencia y decoro que tanta falta le hace.
Un simple vistazo a los objetos que alguna vez acariciaste con tu sombra me hace dimensionar el tamaño de tu ausencia. Porque estos objetos también te pertenecieron. La cama, este escritorio sobre el que escribo, aquel perchero que sostuvo tus prendas, tu cartera. Incluso los utensilios que parecen insignificantes. Todo este pequeño mundo fue el escenario de nuestra historia, y atestiguó cada noche en la que me permití soñar que la protagonizaríamos por más tiempo.
No voy a mentirte, mi añorada, al principio fue difícil comprender que no estabas, que ya nunca volverías a despertar a mi lado, y que al estirar la mano hacia tu sitio, no iba a palpar más que el vacío, los pliegues de una sábana ajada. Pasé tardes enteras imaginando que nuestra despedida fue fruto de una ensoñación maldita, que nunca te di un beso de despedida, que nunca te abracé deseando que no te marcharas, y que si me encontraba solo en aquella habitación inmensa, era simplemente porque estaba aguardando tu llegada. Escribirte por chat jamás va a reemplazar el acto de hablarte mirándote a los ojos, porque nos bastaba, querida, apenas un intercambio breve de palabras para sentirnos como en casa: un «buenos días», un «que te vaya bien en el trabajo», un «no olvides que te amo». La distancia que significa verte tras una pantalla me ha hecho sentir nuevamente el peso de los kilómetros que ahora se interponen en nuestro abrazo.
Por supuesto que también me siento culpable. Por no luchar más, por no ser más valiente, por no haber previsto la magnitud de esta debacle. Nunca voy a terminar de acostumbrarme a la idea de que lo mejor de mi vida duró apenas unas cuantas semanas, y que te bastó esa brevedad para hacerme sentir que nunca me había sentido tan completo en mis casi tres décadas de famélica existencia. Por eso sé que nada de lo que llegó contigo fue casual, pues fue lo mismo que me faltó cuando te fuiste. Al marcharte también le dejaste más espacio a las sombras. Mis demonios volvieron a reclamar el atrio del que los habías desterrado, y la belleza etérea del cielo, tal vez en una actitud rencillosa, volvió a rehuir mi mirada vistiéndose de gris cual mortaja deshilachada.
Febrero cayó con su ineludible calor ponzoñoso, marzo me acribilló a dudas, abril me embistió como un tren de carga. Para mayo ya te había perdido el rastro. Y llegué a junio casi exánime, para caer en su abrazo paternal, contentivo pero falto de comprensión.
No te culpo si alguna vez quisiste olvidarme. Sé que aquí no encontraste lo que buscabas. Y por eso te pido perdón. Perdóname por no haber sido el hombre que merecías. Hay tanto que nos quedó pendiente, tantos lugares que quise mostrarte y a los que ahora voy, imaginando que los visito contigo. Veo a las parejas y nos proyecto, asidos del brazo, caminando por las calles de esta ciudad bella y caótica. He conocido nuevos lugares, merced a mi esfuerzo por salir para hacer algo más que arrastrar mi soledad ahí en cada rincón que ocupo, y cuánto, querida mía, cuánto deseé conocerlos contigo, redescubrir esta ciudad a tu lado, sorprenderme como un turista más entre la gente.
Desde esta parte del mundo me he dedicado a rumiar entre recuerdos. Le entregué a la IA una fotografía nuestra, en la que aparecemos juntos, mirando a la cámara con una sonrisa prometedora. Le pedí que genere a una niña en medio de ambos, que tuviera nuestros rasgos, aunque enfaticé que se pareciera más a ti que a mí, y el resultado fue la que, en otras circunstancias, hubiera sido la estampa de nuestra pequeña familia. Y sonreí a la salud de aquella ironía, porque aunque te hubieras quedado, ambos sabemos que ese futuro nos quedaba lejos, más por mi parte que por la tuya. Pero cuando a uno le arde el alma de añoranza, incluso esa posibilidad remota se convierte en otra forma de soñar.
Y hablando de soñar, también te soñé de manera literal. Dormido y despierto. Tu ausencia quemaba, me hacía sentir que sea donde fuere que posara la mirada, ahí siempre había un descuadre, como si las formas de las paredes, y ciertos rincones de esta casa, se hubiesen amoldado a tu presencia. Hubo noches en las que desperté azorado, tras haberte sentido tan vívida y palpable en una retahíla de secuencias que fueron reales mientras dormía. Descubrirme a solas en esa habitación fría y oscura sólo me devolvía a esta realidad cruel de la que ningún sueño podía rescatarme.
Luego las canciones te traían de vuelta también. Porque más de una me habló de ti, de tu forma de amar, de la complicidad que compartimos. Como So Easy, de Olivia Dean, o aquella reciente de Bruno Mars, Risk It All, que junto con Die with a smile me acompañaron durante varias noches, en mis tan recurridas tormentas de pensamientos. Son canciones tuyas, como si las hubiesen escrito para ti. Su sensibilidad me encandilaba, y en cada acorde, en cada silencio, ardía tu esencia. Recordé tu voz cantándolas, las veces que me las dedicabas, tu forma de decirme con cada una de ellas que también querías esta vida juntos, incluso más que yo.
Por eso ahora me es inevitable sentir que se me quiebra el alma cada vez que te recuerdo, cada vez que traigo a mi memoria al Heber que fui contigo. En ti había descubierto la parte más hermosa de mi propia vida, y te amé con fragilidad e ilusión, sabiendo que cada minuto a tu lado iba a ser irrepetible. Nadie me devolverá aquella paz, ni siquiera aquella fotografía, ni las canciones, ni todos los sueños en los que todavía te encuentro.
Te llevaste un libro mío y un texto que nunca llegué a dedicar, a pesar de haberlo escrito hace varios años, porque creí —y sigo creyendo— que tú más que nadie merecía esas palabras. Me enseñaste a quererme más, a no ver mi némesis en mi reflejo, a sonreír ante las cosas más sencillas. Nada me gustó más que disfrutar de tu feminidad, que adentrarme en ese mundo tuyo que también fue mío, que sentir la tersura de tu piel de mujer maravillosa, que adueñarme de tus momentos de fragilidad y fiereza a partes iguales.
Pero aguardar esperanza de que aquellos tiempos vuelvan es como lanzar una piedra al río y confiar en recuperarla a la primera zambullida. Sólo sé que, ahora que estás mejor que cuando te fuiste, allá en tu hogar marabino, sigues siendo ese ojalá contumaz que a veces resurge para recordarme que difícilmente voy a querer replicar esta experiencia. Y yo, mientras tanto, sigo compartiendo piso con ese frasco casi vacío de tu perfume. Y digo casi porque aún hay unas cuantas gotas que te traen de vuelta cada vez que aspiro su aroma. Cómo olvidarte, mujer de mi vida. Cómo pretender que no sigues arraigada a esa parte de mi alma tatuada con tus iniciales a sabiendas de que no hay más horizonte al que aspirar.
Escribí esto para, de alguna manera, evidenciar que sucediste, que sucedimos, que esta historia merece ser contada, aunque fuera breve. Quizá la eternidad tenga esa bella paradoja, la de esconderse en la finitud de dos que se permiten vivirse atravesando las fronteras. No es casual, entonces, que no te haya olvidado, que aunque estés lejos de nuevo, me basta con cerrar los ojos para recordar que fui feliz aquella lejana noche de diciembre en que te conocí…
Con amor:







