Mi vida lejos de las pantallas: un reencuentro con la comodidad de lo analógico
Cómo han sido las últimas semanas para mí entre libros, amigos y mucha escritura
Querido lector:
Hago acto de presencia después de un tiempo ausente. Las últimas semanas las he pasado culminando los detalles del proyecto que alguna vez ya comenté por aquí: el nuevo club por correspondencia que incorporaré a Hache de Silencio pronto. Se trata de algo tan simple como enviarte cartas físicas (sí, con sobre, en papel, con estampilla postal y toda la cosa) con reflexiones y otros detalles que en su momento estaré especificando.
A propósito: veo que no te has suscrito todavía. Si te interesa formar parte de este club y saber más detalles cuando por fin lo aperture, ya sabes qué hacer:
Como también mencioné antes, quise dedicar algo de tiempo para conocer de cerca el proceso de envío y la eficacia del servicio postal de mi país, así que pedí ayuda a unos cuantos amigos que viven lejos para emprender este proyecto. Uno de ellos, mi amigo y colega Enrique Delgado. Le pude enviar una carta y mi libro Ruinas Internas hasta Nueva York. Es mi primer envío internacional y, la verdad, me emociona mucho haberlo logrado.
Gracias a esta experiencia es que ahora podré proceder con mayor seguridad a enviar las cartas a otros países. Sigo en etapa de prueba, pero falta cada vez menos para, por fin, empezar con los envíos oficiales del club.
Por otro lado y, para no perder la costumbre, tengo en mi archivo de borradores tantos artículos pendientes, tantos relatos, tantos ensayos, que al momento de enfrentarme a todos ellos, caigo en esa duda inevitable de no saber por dónde empezar.
Una vez escribí que no iba a permitir que la escritura se convierta en una más de mis cárceles.
Lo dije en el sentido de que no iba a censurarme, pues pretendía abordar los temas que me interesaban con total libertad, y el único parámetro que aplicaría iba a ser el de dotar a mis textos de calidad artística: trabajarlos hasta el punto de que puedan merecer el título de literatura.
Pero hoy debo aplicar esa frase desde otra perspectiva, porque ya no sólo se trata de escribir de lo que sea, sino también a mi ritmo.
Cuánto me encantaría actualizar este blog unas dos o tres veces por semana, o incluso a diario. Y aunque lo he pensado, creo que darme un margen de tiempo para escribir con calma es lo más prudente. No me gustaría enviarte cartas o artículos que parezcan haber sido redactados con prisa, sin tacto, por el simple hecho de cumplir con un cronograma. Tampoco descarto volver a hacerlo en un futuro —ya lo hice antes, el año pasado, cuando publicaba hasta cuatro veces por semana—, pero por ahora prefiero tomarme con calma la redacción. Son etapas por las que es inevitable pasar: las hay prolíficas, las hay escasas. La escritura también sigue un ritmo, normalmente condicionado por el de la vida del mismo escritor. Mi vida no es agitada, precisamente, y pretendo mantenerla así.
Mi actividad fuera de las pantallas
Alejarme un poco de Substack —y digo «un poco» porque en la sección Notes sí que he estado más activo— me ha resultado necesario, así como, temporalmente, me he alejado también de mis otras redes principales, Facebook e Instagram. He dedicado tiempo a otras actividades que me han permitido mantenerme activo lejos de las pantallas, algo por lo demás saludable.
Como comenté alguna vez en Notes, el 9 de junio comencé a correr. Uno de mis mejores amigos, que lleva corriendo todo el año, me dijo un día de forma tajante: «a partir del martes salimos a correr». No me lo estaba sugiriendo; tampoco esperó una negativa por mi parte, y no se la di. Él sabía que yo llevaba tiempo alejado de la actividad física (no piso un gimnasio desde febrero), y en vista de la experiencia que ya ha ganado en esos meses, quiso compartir conmigo lo que había aprendido. Yo, consciente de que mi vida estaba virando al sedentarismo, acepté con todo el gusto del mundo, y a partir de entonces madrugo para correr con él.
Desde que vivo solo nunca me ha costado madrugar —salvo aquellos días en los que dormía tarde—, aunque eso no significa que haya hecho de esto un hábito. Soy de las personas que, si tienen que cumplir con un horario, se adaptan a ese horario de la noche a la mañana sin problema. He aprendido a no pensar demasiado cuando se trata de levantarme temprano. Si bien no siempre despierto motivado, procuro automatizar mis movimientos para no darme la oportunidad de ceder al sueño. Apenas oigo la alarma, salto de la cama y me meto a la ducha para despertarme por completo.
También he estado frecuentando a mis amigos. A finales de julio, que es cuando la mayoría en mi país tiene días libres, he podido pasar tiempo con los míos hablando, riendo, disfrutando de esa camaradería que nació en nuestra entrañable etapa de educación secundaria y que permanece inalterable, si acaso más fuerte que nunca. Tengo pendiente escribir largo y tendido sobre los amigos que tengo. Son pocos, pero son leales, me lo han demostrado en innumerables ocasiones, y hago el esfuerzo para demostrarles mi lealtad también. De las personas, la amistad es lo más real que he recibido. Sé que existen los verdaderos amigos, sé que existe la honestidad, sé que existe el compañerismo, porque los tengo a ellos. Como sabes, yo disfruto mucho de mi soledad, pero por ellos renuncio a ella sin pena ni culpa.
Libros, series y películas
Hace unos días leí un libro: Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote.
Como puedes ver, se trata de un ejemplar de segunda mano (o tercera, o cuarta), que recibí como regalo hace años, y que apenas ahora decidí leer. A decir verdad, disfruté de la historia. O mejor dicho, de las historias. Este libro contiene la novela breve del título, y tres relatos más.
Será el estilo del autor o del traductor, pero me dio la impresión de que, para ser una historia escrita a finales de los años cincuenta, se percibe muy actual. Está ambientada en la ciudad de Nueva York y relata la vida de Holly Golightly, una mujer joven y sofisticada que asiste y organiza fiestas de la alta sociedad neoyorkina. Quien narra la historia es un escritor que comete el «error» de enamorarse de ella a sabiendas de que es una mujer ajena. Pero no ajena en el sentido de que tiene ya pareja, sino de que es libre, y que por su propia personalidad no puede adaptarse a una vida estable sentimentalmente hablando. Te dejo un fragmento que me gustó mucho:
Holly Golightly se ve a sí misma como un ser salvaje cuya vida no contempla domesticación alguna. Su personalidad me recordó a la protagonista de la película Mujer bonita. Cuando vi la adaptación de Desayuno en Tiffany’s —que se titula Muñequita de lujo, dicho sea de paso—, me fue inevitable relacionar a ambas protagonistas. También me fue inevitable renegar un poco por la historia. Ver la película me recordó por qué siempre prefiero leer los libros antes que sus respectivas adaptaciones cinematográficas.
Te cuento todo esto porque leer libros forma parte de mis recientes esfuerzos por pasar más tiempo fuera de internet. Sí, formo parte de la creciente estadística de adictos a las pantallas, pero le estoy dando lucha a eso. No es fácil reprimir el impulso de querer mirar el móvil cada treinta segundos, pero ahí voy. No pienso perder la poca capacidad de atención que me queda, así que he vuelto a mi refugio por excelencia: los libros.
Mi lectura actual es Historia de dos ciudades, de Charles Dickens. De él ya leí Oliver Twist, una novela conmovedora con la que no esperaba llorar y en cuya mitad de trama me encontraba leyendo con dificultad porque las lágrimas me entorpecían la vista. ¿Ocurrirá lo mismo con Historia de dos ciudades? No lo sé, pero ojalá. Mi principal motivación para leer a Dickens es el hecho de que formó parte de la lista de autores predilectos del fallecido Carlos Ruiz Zafón, quien, como sabes, es mi autor favorito. Me causó curiosidad saber qué pudo enseñarle Dickens al que considero mi maestro literario. Y vaya que descubrí varias cosas. Los primeros capítulos del libro que estoy leyendo ahora me hacen ver la eminencia que fue y sigue siendo el gran Dickens. Tengo en la mira leer Grandes Esperanzas, ya que es el libro más citado en El juego del ángel, mi novela favorita de todas las que escribió Carlos Ruiz Zafón. He aguantado la tentación de leerlo en digital porque quiero leerlo en físico. En cuanto consiga un dinero extra, me lo compro, porque barato no es, precisamente.
Poco a poco estoy recuperando la buena costumbre de enfocar mi atención a una sola cosa. Me ayuda también el hecho de que estoy viendo más películas y series. Sí, eso implica mantener los ojos pegados a una pantalla, pero también implica prestar atención, recordar detalles, y olvidarme por un buen par de horas de que tengo un celular que me puede cortar toda la ilación con sólo encender la pantalla.
Ahora que lo pienso, casi no hablo acerca de los libros que leo, ni de las películas, ni de las series. Durante muchos años mi lema ha sido: leo para disfrutar, no para comentar. Pero creo que ya va siendo hora de cambiar la premisa, más que nada porque hablar de algo siempre ayuda a recordarlo mejor. Eso hacía en el instituto: compartía mi conocimiento con mis compañeros, y ese acto me ayudaba a comprender mejor el tema que estaba estudiando. La idea de consumir arte no es sólo pasar el rato y ya, sino interiorizarlo: recordar detalles, percibir matices, interpretar. ¿De qué sirve consumir arte si no te cambia la vida, aunque sea un poco? La verdad es que nunca me he visto como alguien que se dedica a escribir reseñas, principalmente por mi autoexigencia, ya que no me gusta llamar reseña a cualquier cosa. Pero podría dar una opinión, una impresión, aunque sea breve, como la que he dado hoy de Desayuno en Tiffany’s. Quién sabe, a lo mejor me animo a escribir unas cuantas líneas de las historias que voy conociendo en estos días.
Acerca de escribir a mano
En mi afán de mantenerme alejado de las pantallas, también me ha ayudado bastante, tanto o más que leer, el hecho de escribir a mano. Nunca me cansaré de decir que, escritores o no, todo el mundo debería cultivar el hábito de escribir a mano.
Yo uso varias libretas y, a propósito, te dejo una publicación que hice en Notes donde hablo de ellas:
Escribo mis diarios, ideas sueltas y reflexiones. ¿Sabes lo que es el journaling? Literalmente te lo acabo de describir. El journaling es una palabra en inglés que —hasta donde yo sé— no tiene una equivalente en español. Si la colocas en el traductor, obtienes: «escribir un diario». Tal cual.
Esta actividad es de las que más recomiendo si eres de las personas que, además de disfrutar pasar tiempo a solas, quieres realizar actividades lejos de las pantallas. Escribir a mano mejora tu concentración y, si quieres dedicarte a escribir, te ayuda mucho a encontrar una voz literaria propia. Si sólo quieres escribir como pasatiempo, te ayuda a desahogarte. El efecto de escribir a mano se parece a dejar que tus cargas mentales desemboquen sobre el papel. Es como hablar con un amigo, pero de cosas que nadie más que tú conoce. En tu diario puedes mostrarte sin máscaras, con la comodidad que ello conlleva, y con la seguridad de que nadie más leerá lo que tienes que decir. Porque por mucha confianza que tengas con amigos o personas afines, tú y yo sabemos que hay cosas que siempre van a quedar tras el velo del silencio. Esas cosas las puedes anotar en tu diario.
La verdad es que yo soy muy práctico para escribir. Me basta con sentarme a la mesa, abrir la libreta y empezar. Pero he visto que hay quienes hacen de la escritura todo un ritual: encienden velas aromáticas, algún incienso, colocan música de fondo, o se ubican en una parte específica de su habitación que reservan para esta actividad. Ya queda a tu completa libertad. A fin de cuentas este proceso es sólo tuyo.
También sirve mucho llevar una libreta contigo para anotar cualquier idea que te venga a la mente. A veces las ganas de escribir aparecen en mitad de la calle, cuando vas caminando, en el transporte o en los lugares menos pensados. Lo importante es no permitir que esas ganas de sorprendan sin el arsenal respectivo para contrarrestarlas.
Hazte un favor y escribe a mano más seguido.
Palabras finales
Estos días en los que he disminuido mi exposición a las pantallas para buscar refugio en mis libros y libretas, he recordado lo placentera que es la vida analógica, como antes de que se proliferaran los dispositivos móviles. Sí, pertenezco a esa generación que sabía lo que era divertirse sin pantallas, jugando con amigos en la calle, haciendo arte (ya he contado más de una vez lo mucho que me dedicaba a dibujar cuando era niño) o leyendo.
A riesgo de que me equivoque, creo que resulta más saludable volvernos adictos a la dopamina que proviene del acto de crear, a ser posible fuera del mundo virtual.
Por mi parte, planeo continuar con mis esfuerzos de evitar la sobreexposición a las pantallas. Y pronto, con la apertura oficial del club de cartas —que tengo previsto que sea para este mismo mes—, tendré más razones para mantenerme lejos de las redes, con excepción de Substack, ya que aquí me siento más cómodo, para qué mentir.
Además, y como ya mencioné al inicio, tengo muchos artículos pendientes por terminar de escribir. Lo próximo que publicaré será una opinión honesta acerca de la herramienta que ha incorporado Substack recientemente para detectar si un texto ha sido escrito o no por una IA.
Pero por ahora, cuéntame de ti.
¿Cómo te ha tratado la vida en estos días? ¿También te has dado un tiempo lejos de las pantallas, o quisieras hacerlo? ¿Estás leyendo algún libro actualmente? ¿Hay alguna película o serie que has visto y que te ha gustado? Conversemos en comentarios. 💬
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