Tenía quince años, cursaba el tercer grado de secundaria en el colegio Mater Admirabilis de la ciudad de Chiclayo, era invierno, amaba el rap y nos acabábamos de mudar. Todos esos detalles son los que recuerdo con mayor claridad cuando decidí convertirme en escritor.
Te doy la bienvenida a Desde el oficio, una sección en la que comparto reflexiones basadas en mi experiencia de más de una década como escritor. Este es un espacio pensado para hablar, con franqueza y sin adornos innecesarios, sobre lo que significa ser escritor en estos tiempos. Si aún no te has enterado de qué va todo esto, te invito a leer este artículo.
Llega un momento en la vida de todo adolescente en el que tiene que enfrentarse a la inevitable cuestión de qué es eso a lo que va a dedicarse por el resto de su vida. Hablamos de carreras u oficios, de preferencia uno que nos apasione para que, una vez arrojados al campo laboral, el peso del trabajo resulte más llevadero.
Yo, desde que tengo memoria, amaba dibujar más que otra cosa. Soñaba con convertirme en un gran dibujante de historietas —o cómics— y que mis historias tuvieran su respectiva adaptación para televisión. Las series de El hombre araña o Los Supercampeones que veía de niño me hacían contemplar la posibilidad de que algún día mis propias creaciones estarían transmitiéndose a través de una pantalla. Así que era natural que quisiera orientar mi vida a esa labor.
Aparte de lo muy sentimental que siempre he sido, por aquel entonces era muy enamoradizo, y pasé buena parte de mi pubertad dibujando en papel ese tipo de cursilerías que uno solía acompañar de una o dos frases para dedicárselas a alguien. Yo no las dedicaba, y no por falta de ganas o destinatarias, sino por exceso de timidez. Pero estaban ahí: dibujos de parejas mirando un atardecer en la playa, parejas caminando de la mano, parejas abrazadas en una estación de tren, siempre acompañadas de su respectivo verso que encontraba en internet tras teclear en el buscador «frases bonitas de amor».
Pero todo cambia y mis intereses también variaron. Sentía que debía haber algo más que el solo hecho de dibujar para poder expresarme. Estaba viviendo tiempos turbulentos a nivel familiar —como siempre desde que tengo uso de razón—, el barrio al que nos acabábamos de mudar era nuevo para mí y, por lo mismo, no terminaba de encajar ahí; en el colegio las cosas eran un caos, y mi entorno social se había convertido en un refugio. Porque contrario a mi realidad actual, a esa edad yo vivía en todas partes menos en mi casa. Asistía a eventos, a retiros, a fiestas, a reuniones en casa de amigos, pero era inevitable sentir que algo le faltaba a mi vida. Había en mí una soledad cuyo peso yo sabía que sólo el arte podía amortiguar. Cuando quería dibujar, sin embargo, no encontraba la motivación, y hasta había perdido las ganas. Sentía que cada trazo, que cada forma, que cada curva, simplemente, habían dejado de dialogar conmigo. Cualquier dibujo que hacía me parecía repetitivo, y llegué al punto de convertir al papel en blanco en mi némesis, uno al que, conforme el hastío iba creciendo, perdí incluso las ganas de enfrentar. Mi arte cuna me estaba abandonando, y lo peor era que no sabía cómo ir tras su paso para recuperar todo lo que un día me había llenado el espíritu. Hoy comprendo que lo que estaba sufriendo era el famoso bloqueo creativo, pero en aquel momento lo ignoraba.
También gustaba de escuchar canciones de rap, y fue eso lo que sembró en mí las ganas de emular lo que oía. Me bastaba escuchar uno o dos estribillos para comprender que existía cierto encanto en saber manejar las palabras para formar expresiones tan conmovedoras. El bloqueo creativo que venía arrastrando con con el dibujo me afectó no sólo a nivel artístico sino también a nivel personal. Fue muy duro pasar de disfrutar del dibujo a prácticamente pelear con él. Así que, cuando escuchaba esas canciones, de alguna manera podía experimentar en el pecho esa sensación de llenura que sólo la belleza del arte puede provocar. Llegué a sentir con el rap lo que antes sentía con el dibujo. Y, como quien no quiere la cosa, comencé a escribir mis primeras frases en mis cuadernos, que luego uní con otras hasta formar poemas, y luego salté a la prosa, siempre con rimas. Hoy, al leer lo que escribía por entonces, me embarga una sensación de extrañeza y al mismo tiempo cierta ternura por aquel Heber que concatenaba sus primeros textos. No me llevo bien con la rima, pero en el invierno del 2013 era el recurso que más empleé, influenciado directamente por las canciones que escuchaba. Puedo confirmar que el rap, para mí, fue mi primer acercamiento a la escritura.
Seguía escribiendo, y me causaba emoción lograr ordenar las palabras de tal modo que sonaran elocuentes y musicales. Esas ganas de disfrutar del arte que con el dibujo ya no sentía, las recuperé con la escritura. Fue entonces cuando lo supe. Había hallado respuesta al dilema adolescente que me embargaba: yo, Heber, quería ser escritor. Porque había encontrado en la escritura un nuevo lenguaje. Ahí, los trazos se reemplazaron por fonemas, y las posibilidades de expresión se me antojaron infinitas. Podía hablar de todo el amor, la belleza, la tristeza, la soledad que me habitaba de formas que ya había olvidado cómo hacer con el dibujo. La lírica había reemplazado a las figuras y a los juegos de sombras. Quise aventurarme en aquel nuevo universo, uno hecho de palabras, de ritmo, de una belleza cuya dulzura me acariciaba el alma al mismo tiempo que me la rompía.
Las dudas, claro, no me abandonaron. Todos los caminos, cuando son nuevos, inspiran cierto temor cuando estamos a punto de recorrerlos por primera vez. Siempre que terminaba de escribir algo, me preguntaba si acaso podía ser bueno en esto. Si alguien, al leer mis garabatos literarios, podría reaccionar con algo que no fuera una mueca burlona. Por ello mismo no publiqué mis primeros esbozos de letras, sino que los enterré en cuadernos de donde no volvieron a ver la luz, y en diciembre de aquel año en que mi vida cambió, abrí mi primer blog en Tumblr, que dediqué exclusivamente para mis escritos.
Pero hubo de pasar mucho tiempo para poder llamarme escritor a mí mismo sin sentir que estaba apropiándome de algo que no me pertenecía, que no me había ganado. Es normal que, cuando descubres a otros que dominan lo que tú sueñas con lograr algún día, comiences a notar cuánto te falta por aprender. Pasé varios años leyendo a otros escritores, admirándolos, y escribiendo lo mío sin sentir que tenía derecho a llamarme como ellos, que ellos pertenecían a una especie de círculo de élite al que yo no estaba invitado aún, pero me gustaba pensar que era un aspirante a. Publiqué mis primeros libros, pero seguía sintiendo reparo en usar el título de escritor «tan a la ligera», hasta que un día, ya no recuerdo quién, me dijo que, si no me lo creía yo, nadie lo iba a hacer por mí. Nadie iba a venir a condecorarme con el título de escritor. Si sabía que esto era a lo que quería dedicarme por el resto de mi vida, debía empezar a creérmelo desde ya. Era el año 2018, había publicado toda la serie Tormenta de Pensamientos y acababa de escribir El peso del vacío, mi cuarto libro. Así que, con cierta timidez, comencé a llamarme a mí mismo escritor, pero nunca solté una verdad que me acompaña hasta ahora: el título de escritor no es una medalla de honor que pueda atesorar en un cajón de por vida sintiendo que ya no hay nada más que aprender, sino que es algo que debo luchar siempre por seguir mereciendo, sosteniendo con el esfuerzo del oficio un arte dedicado a enriquecer al lenguaje, y guardando el irrestricto respeto a la literatura y a los lectores que por el camino han tenido a bien acompañarme. Sigo aprendiendo, sigo esforzándome, sigo en este camino con la humildad del aprendiz y con la experiencia de aquel que se enorgullece de su trayecto.
El artículo de hoy ha sido algo diferente. Quería contarles cómo fue que di mis primeros pasos en la escritura, porque todos los escritores tenemos un inicio. Hay quienes, como yo, han encontrado su camino cuando fueron adolescentes. Otros sintieron el llamado de la literatura desde que eran niños. Hay escritores que decidieron iniciar en esto como quien inicia una aventura, a ver qué pasa, y hay otros que, por distintas circunstancias, fueron empujados a este camino y permanecen aquí por fuerza de la costumbre, o porque puede que, con el tiempo, incluso le comenzaron a tomar cariño a este arte.
Pero todos escribimos. Los más literarios nos volcamos por la poesía, la narrativa o los ensayos personales; otros, más formales, optaron por el ensayo científico o histórico, o los artículos periodísticos; y están, cómo no, los profesionales de las redes, los famosos copywriters. Hay más tipos de escritores, que mi memoria no me permite nombrar en su totalidad. Pero mi respeto y admiración está con todos.
Si has hecho de la escritura tu pasión u oficio, me gustaría saber cómo fue que iniciaste en este mundo. Disfruto mucho de conocer el origen de un artista. Anímate a contármelo en los comentarios.
Y si perteneces al grupo de los lectores, también. Quisiera que me comentes cómo fue tu primer encuentro con la literatura. Dialoguemos un rato, que la vida es breve.
En esta sección de Desde el oficio compartiré más artículos personales. Hay mucho que me falta por contar. Temores, dudas, prejuicios, orgullo herido. En la presentación de la sección mencioné que este iba a ser un espacio para contar mis experiencias también, y aunque he compartido varias en los artículos anteriores, creo que siempre se puede ahondar más en artículos independientes.
Sin más, me despido por hoy. Te mando un abrazo desde este rincón del mundo.
Que estés muy bien.
Con cariño:
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