Siempre supo que algún día volvería a Askhala, la ciudad en la que nació y donde conoció a su primer amor de adolescente con quien llegó a imaginarse viviendo por el resto de su vida. Por entonces, Rafael, amparado en aquella inocencia bendita de los que todavía no han logrado mirarle a la vida a los ojos, no sabía que Nadia, la chica de piel pálida y ojos verdes que lo mantenía prendado con sus encantos, moriría en un accidente cinco meses después de haber aceptado ser su novia. El autor de aquel terrible suceso, un askhaleño imbécil que iba manejando ebrio y a exceso de velocidad, intentó fugarse de la escena en su auto para, luego, tras una mala maniobra, precipitarse al vacío por uno de los acantilados que se levantaban en aquella zona del litoral de Askhala.
Rafael pasó años prometiéndose que no volvería a amar a ninguna mujer como había amado a Nadia, pero tras graduarse de la facultad de Derecho en la Universidad Estatal de Askhala y conseguir un trabajo digno, conoció a Beatrice, una señorita fina que se presentó como contadora de una trasnacional, empresa para la que llevaba trabajando dos años y que el día de su liquidación la exentaron de beneficios alegando que no había laborado el tiempo mínimo requerido para acceder a ellos. Beatrice, propia de la ciudad de Harquipec y con aquel temple que siempre la caracterizó, manifestó su interés en contratar sus servicios. Rafael, más por la promesa de pasar tiempo con ella que por una oportunidad de negocio, aceptó hacerse cargo.
Rafael no era un principiante por entonces y ya contaba con una respetable experiencia en el rubro, pero ese sería el único caso que le cambió la vida, porque le permitió albergar esperanzas de una nueva oportunidad para el amor.
Sí, Beatrice se había introducido en su historia interpretando el papel de cliente y terminó por protagonizar el de su esposa. Luego, siempre que la veía despertar a su lado cada mañana, Rafael pensaba en lo afortunado que era y comprendía que la vida siempre da segundas oportunidades, especialmente a aquellos que de manera injusta fueron despojados de la primera. Como parte de su plan de pareja, se trasladaron a Harquipec, ciudad natal de Beatrice, para establecerse definitivamente ahí y formar una familia. Fruto de ese amor era Daniel, el hijo que heredó sus gestos y por quien, incluso desde antes de que naciera, sabía que estaba dispuesto a sacrificar lo que sea.
Llegaron al amanecer. Askhala los recibió con aquel clima que hacía pensar que el frío de Harquipec era un verano con baja temperatura. Por aquellos meses la ciudad se encontraba en un estado tan gélido que podía verse a las personas dibujar siluetas de vapor con el aliento.
—¿Es que aquí nunca hace calor? —le había preguntado Beatrice apenas pusieron un pie fuera del tren en la estación de Villargel.
—Y eso que aún no es invierno —le había respondido él.
Rafael y su esposa abordaron un taxi a las afueras de la estación. Le habían puesto a Daniel un abrigo, gorro y guantes de lana para protegerlo del frío, aunque, al mirar a Beatrice, supo que estaba preocupada sin necesidad de que se lo dijera. El niño iba sentado entre ellos dos y desde ahí miraba a través de la ventana los edificios de la ciudad que los había recibido. Rafael quiso decirle a su esposa que Daniel estaba bien, más abrigado que ellos, pero no quería interrumpirla. Cuando Beatrice se entregaba a sus pensamientos más valía dejar que saliera sola de ellos. Llevaba conociendo a aquella criatura por años y siempre le parecía maravillosa. Sin poder aguantar el impulso, la rodeó con uno de sus brazos. Para su sorpresa, Beatrice no se resistió. Se dejó abrazar e incluso se reclinó para encajar bien en el brazo de su esposo. De ese modo, Rafael pudo notar que el cuerpo de Beatrice temblaba. Y supo que no era de frío.
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