Carta 16. Feria de libro, lectores y más
Un recuento de lo que fue lo más resaltante de esta última semana
La semana pasada estuve presente, por primera vez, en una feria de libros que se llevó a cabo en mi ciudad. El evento duró dos días en los que estuve en uno de los stands del patio del ICPNA de Chiclayo, primero con cierto nerviosismo, después con ilusión y relajo. Preparé los ejemplares que iba a llevar: los envolví con papel craft y coloqué, en el lugar de la portada, un fragmento del libro en cuestión.
Fue una experiencia muy agradable, tengo que decir. Conocí lectores, entre estudiantes y visitantes externos, ninguno de los cuales había oído antes de mí, pero que gracias a ese espacio no sólo se animaron a adquirir algunos de mis libros, sino que también aprovecharon para inmortalizar el momento con una fotografía.
En una entrevista, Zafón dijo una vez que la figura del lector es prácticamente la misma en cualquier lugar del mundo: son personas curiosas, ávidas de conocimiento, con tendencia a emocionarse cuando ven a su escritor favorito de cerca y les firma sus libros. Por supuesto, esto no fue lo que viví ya que, como dije, ninguno de los lectores que se acercó a mí me conocía, pero creo que este primer paso servirá como base para futuros encuentros, pues para este año se tienen proyectados nuevos eventos literarios a los que intentaré no faltar.
La verdad —y esto ya lo he dicho antes—, no soy de asistir a este tipo de eventos. No por falta de ganas, sino por falta de costumbre, aunque antes era más por lo primero que por lo segundo. Mi personalidad introvertida, mi tendencia a la soledad, mi dificultad para desenvolverme a nivel social siempre me juegan en contra. En público doy la impresión de ser un hombre más serio de lo que soy realmente, y más de uno podría pensar que estoy de mal humor o algo por el estilo. Lo sé porque ya me lo han comentado. La verdad es que, aunque tengo cierta facilidad de palabra, me resulta complicado sentirme cómodo en lugares con muchas personas y, sobre todo, tratar de entablar conversaciones. Pero, por supuesto, es algo que me he propuesto a cambiar.
No puedo permitir que esta sea una limitante en mi carrera. No soy el hombre más carismático del mundo, pero tampoco pretendo dar siempre la impresión de ser un tipo hermético. Y digo bien: dar la impresión, porque no lo soy.
Desde que tengo presencia en internet, allá por mis quince años, mis seguidores me han manifestado que doy la impresión de ser más mayor. Una lectora me confesó que, cuando veía mis frases rondando por ahí, pensaba que el tal Heber Snc Nur —seudónimo con el que aún firmo mis textos en las otras redes sociales— era un escritor del siglo pasado, fallecido ya. Y esto fue cuando yo tenía dieciséis años. No me costó comprender que esa misma imagen es la que suelo proyectar en persona. Recuerdo que, hace unas semanas, una chica que me abordó en la plaza me dijo que había dudado en acercarse a mí para hablarme porque me vio muy serio, y tuvo cierto reparo en hacerlo. Esto me lo dijo, claro, luego de que hayamos compartido unas cuantas ocurrencias y carcajadas tras un momento de conversación.
Creo que participar en eventos literarios, adonde se dan cita otros artistas y lectores, me permitirá, poco a poco, ir diluyendo esa apariencia que tengo. O eso espero. Pero el punto más importante es ir ganándome un espacio en mi propia localidad, ya que, durante años, he vivido siempre dentro de aquella ironía que es el hecho de que haya gente que me conoce más en otros países que en el mío. Tal vez esa realidad no cambie tan pronto, pero tampoco lo hará si me quedo sin hacer nada al respecto.
Dar la cara, figurar, hacer acto de presencia, aprender a venderme no sólo por redes sociales, permitir que mis lectores potenciales me conozcan a mí antes que a mis textos, invirtiendo así el orden al que he estado acostumbrado por más de una década. Es parte de, lo tengo claro. Debo aprender a jugar con aquellas reglas ineludibles si quiero que este oficio tenga futuro más allá del plano digital.
Dejando de lado mi experiencia en la feria, otra cosa que me gustaría contar es que me he tomado un par de días para poner orden en mi pequeña biblioteca.
La verdad, no tengo un estante donde organizo mis libros, sino que los guardo en una caja y, de hecho, mientras escribía esto, tuve ciertas dudas sobre si era correcto llamar a mi conjunto de libros como biblioteca si no están sobre una estantería. Una búsqueda rápida me arrojó lo siguiente:
Sí, se puede llamar biblioteca a un grupo de libros guardados en una caja, ya que la definición esencial de biblioteca es una colección organizada de documentos, independientemente de si están en estanterías, cajas o en formato digital. Etimológicamente, biblioteca proviene del griego biblion (libro) y theke (caja o armario), significando literalmente «caja de libros».
Ya con la duda resuelta, prosigo.

Extraje de mi caja todos los libros que estaban ahí con el objetivo de limpiarlos del polvo. Los dispuse en la mesa sin un orden en específico y, tras unos minutos, me di cuenta de que se había formado un pequeño caos. La imagen me pareció una especie de collage de libros superpuestos, digna de ser fotografiada.
Y es que existe cierto placer en observar el desorden de un montón de libros sobre la mesa. Es de ese tipo de caos que, en lugar de entorpecer la vista, la embellecen. Los libros se presentan así como un conjunto de historias, pensamientos, posibilidades que se intuyen siempre tras las portadas. Da igual si son libros leídos o por leer, libros nuevos, envejecidos o de segunda mano. Si son libros que uno ya ha leído, el placer está en revisitar sus páginas como quien recorre, después de tiempo, aquellos lugares en los que antaño estuvo contenido todo su mundo. Si son libros que uno todavía no lee, el placer se encuentra en la expectativa de aquello que está por venir, ya no sólo por las historias, sino también por la misma experiencia que sólo brindan las horas dedicadas a la lectura. Los libros de segunda mano, por su parte, tienen un encanto único: mantienen consigo las huellas de otros tiempos, de otras almas que se dedicaron a absorber todo lo que hay dentro de ellos. Tengo cierta debilidad por los libros de segunda mano porque su sola existencia me hace pensar que son lo suficientemente buenos como para que su lector anterior se haya esforzado por conservarlos, y lo mucho que debió costarle desprenderse de ellos para que alguien más los acoja. Sea como fuere, los libros siempre protagonizarán ese tipo de desorden que uno nunca tiene prisa por arreglar.
Por ello mismo me tomé con calma esa actividad. A cada uno de ellos le di su respectivo tiempo para quitarles el polvo, limpiar su cubierta y envolverlos en papel film. Ya una vez, en este ensayo, hablé acerca de cómo cuido mis libros. Lo que me hace sentir culpable es seguir guardándolos en una caja, aunque lo hago por cuestiones prácticas: últimamente me encuentro en constantes mudanzas, así que prefiero tenerlos «listos» como para moverlos con rapidez.
Pero esto tiene su desventaja, claro. Porque no puedo hacer algo tan simple como acercarme a mi pequeña biblioteca, extraer un tomo y ponerme a hojearlo con calma cuando me plazca. No los tengo a la mano, sino a resguardo. Mi proceder, más bien, consistiría en abrir la caja —que normalmente está sellada— y luego desenvolver el libro en cuestión —sellado también—. Por eso mantengo siempre a la mano unos cuantos libros a los que sé que acudiré con cierta frecuencia en estos días.
Ahora que he retomado la redacción de mi novela, tengo a la mano La sombra del viento, de Zafón, e Historia de dos ciudades, de Dickens. El primero, para saborear aquella prosa llena de luz y magia que me enamoró, aún más, de la literatura; y el segundo para descubrir por qué Dickens fue de los escritores predilectos de Zafón. Será mi forma de aprender lo que el maestro de mi maestro tiene para enseñarme acerca del arte de escribir.
La faena de ordenar mi biblioteca se extendió un par de días, pero no porque la actividad fuera intensa, sino porque cedí a esa tentación que nace ante aquellos libros que están a la mano: pausar actividades para leerlos. Me pasé buena parte del día releyendo pasajes que conocía de memoria y otros que volvía a recordar. Volví a sentir admiración por el manejo de palabras de aquellos que se ganaron su merecido lugar en la literatura. Desde Ribeyro hasta Zafón, pasando por Fernando Ampuero, Héctor Abad Faciolince, Renato Cisneros, Rosa Montero, Javier Marías, John Banville, Jeannette Walls, Zygmunt Miłoszewski, María Dueñas, Salman Rushdie, Ernesto Pérez Vallejo, Sergio Carrión, y otros autores más que supieron trasladarme a sus mundos cada vez que me adentraba entre sus páginas. Cada uno de ellos, con su forma tan característica para escribir, fungieron como maestros que alimentaron mi estilo y reforzaron mis aspiraciones de convertirme en un escritor que merezca un ápice de aquella inmortalidad que ofrece la literatura.
Si tú, que estás leyendo esto, tienes curiosidad por leer obras ricas en sabiduría, matices y aventuras, y que estén más allá de los radares de booktok, bookstagram y compañía, te recomiendo darles una oportunidad a los libros de estos autores. Todos ellos retratan la condición humana desde un prisma que no por contener ficción es menos real. Vivencias, situaciones, experiencias propias y ajenas, todo se convierte en un vergel del que, una vez que te adentras, difícilmente vas a querer salir. ¿Conoces la sensación de no querer que se acabe un libro por lo bueno que está? Con cada uno de ellos tuve esa sensación. Y si no te ocurre lo mismo, estoy seguro de que, aunque sea, una perla de sabiduría podrás llevarte.
Luego de dar por terminada mi jornada bibliográfica, me senté a la mesa, ya vacía, y observé la planicie limpia, despojada de aquel desorden que, durante un par de días, había embellecido las vistas, y pensé en que los libros tienden a fungir el papel de acompañantes en este accidentado camino de la vida. Muchas veces en ellos encontramos el abrazo necesario, la palabra adecuada, la contención precisa. Y tenemos esa vaga sensación de que nadie más que ellos podría comprender todo el galimatías que llevamos dentro, al cual muchas veces ni siquiera nosotros mismos nos atrevemos a dilucidar. Las páginas, sin embargo, lo hacen. Y quizá por esa razón los libros nunca dejarán de estar vigentes, a pesar de las modas, a pesar de la tecnología, a pesar de las represiones u olas de cambio tan grandes como la IA imperante. Los libros permanecen como un caudal que nos regresa siempre a nuestra esencia humana, y nos recuerdan que el arte también es una necesidad casi fisiológica. ¿Cómo no amar, entonces, a la literatura? Supongo que ese es un tipo de amor que sólo los lectores conocemos. Ojalá, con el paso del tiempo, podamos ser cada vez más.
Cierro la carta de hoy con esto, esperando que siempre tengamos espacio en nuestras vidas para la literatura. Y aunque se haya pasado ya la fecha de la efemérides, les deseo a todos un feliz Día del Libro, que para los lectores apasionados eso es algo que se debería celebrar a diario.
Con cariño:
Quiero contarles que mi amigo y colega Enrique Delgado ha preparado una masterclass gratuita para todos aquellos que deseen adentrarse en la escritura. Es 100 % virtual y se llevará a cabo el próximo 17 de mayo. Pueden obtener más detalles aquí:





